R. M. Millán

sábado, 5 de marzo de 2016

Cubrí y descubrí

Cubrí mi espacio con losas de vidrio,
Entre pared y pared escondí mi valentía,
Sustituí el aire con conformismo,
Le puse precio a lo que sabía.
Si reía, no había carcajadas,
Las verdades me sonaban a ironía.
Si lloraba, las lágrimas se secaban
Antes de alcanzarme la mejilla.
Cubrí el suelo con losas de cartón,
Almacenaba el agua fuera del portón;
A un extremo de la ventana vacía
Veía ocultarse la mañana
Pero jamás el sol.
Teñí el techo con trapo sucio
Para filtrar la luz y las goteras.
Contemplé una estrella desde mi cuarto
A quien bauticé María Marbella.
Me mentí por ratos de tanto aburrimiento
Me enojaba a veces para cambiar el ánimo
Había olvidado lo que era estar triste.
No sentía ni angustias por sexo barato.
Cubrí mi jardín con flores insectívoras,
Me daba miedo escuchar los grillos.
Crie dos sapos y tres arañas
Para que cuidaran los pasillos.
Les contaba historias de mi pasado
De mis amigos y familiares
Criticaba a muchos y a otros alababa
Pero no interactuaba con ninguno.

Una noche ingenua escuché ramales,
Una mujer lloraba desconsolada
Había conseguido cuanto quiso en vida
Menos el cariño de su padre.
Al culminar la noche seguía llorando
Insistía en que no era una mujer triste
Que a su esposo amaba
Y estaba a la espera
De una hermosa hermana para su príncipe.
Otra mujer lloraba tres octavas más alto
Había perdido al amor de su vida
Pero su compromiso con los vivos
La atormentaba todavía.
Cantaba con la mirada perdida
Con el pecho adolorido y a lengua fruncida
Pegaba más gritos de arrepentimiento
Que de tragedia o agonía.
Con ambas piernas desvalidas
Decidió andar con su condena
Me bendijo hasta exhausta y adolorida
Y sin detenerse continuó con la pena.
Una tercera mujer se acercó melancólica,
Se limpiaba el rostro con desarraigo;
Me ofreció compañía a cambio de una melodía
Que había escuchado yo hacía varios años.
El trapiche de mi fuerte
Había mutado mis brazos                                                                                         
El olor a cartón sudaba yo hasta en las piernas
En la estufa se cocinaban las ratas
Las moscas
Y las cayenas.

Miré a las mujees de suertes parecidas
Ir las tres en direcciones torcidas
Por coincidencia muy afinada
Desde Mi hasta Fa sostenida.

En mí volvió a palpitar algo en el pecho,
El estómago más que pan y agua exigía,
Y cuando vi que una lágrima de rabia me bañaba
Empecé a sentir alegría.

¡Vaya sorpresa!
Que del dolor volvió a mí la nostalgia,
Que del pesar volvió a mí el perdón,
Volvieron las múltiples razones
Que intercambié sin aparente razón.
.
La razón vino a mí de nuevo en un son
Y quebré entonces los murales de vidrio,
Liberé luego el prisionero creativo
Que al nacer obtuve por don.
Así desnudo como había de estar
Descubrí más de lo que podía,
Descubrí mi arte y la osadía,
Descubrí el sentido de escribir;
Dibujé y descubrí hermosas melodías
Que ningún músico supo describir.
Descubrí que mi templo no es arquitectónico
Descubrí a qué lugar pertenecí,
Descubrí que más y más he aprendido
Desde que el miedo dejé salir.


El hombre de la casa de concreto

     Un hombre cansado de la transparencia y la irregularidad de su ciudad descubrió la magia e importancia oculta del concreto en la ingeniería de su sociedad donde todas las casas eran de cristal y los edificios eran construcciones utópicas que los gobernantes describían de triviales y caóticas.

     El hombre se sentía diferente de quienes le rodeaban y en un acto de rebeldía levantó paredes a cuatro extremos y techó la obra de los curiosos. Al día siguiente, tocaron a su puerta. Le extrañó que no fueran vecinos. Era la primera que veía al alcalde y al presidente en persona. Los invitó a conocer el interior y explicó cómo había dado con los beneficios del concreto. Los gobernantes interesados creyeron posibles los edificios y sintieron miedo. No creían conveniente que otros durmieran en niveles más elevados.

     El hombre juró silencio y en cuestión de días se enteró de una propuesta que los del gobierno ofrecían a la ciudad: la era el concretó llegó sin permiso.

     El hombre caminaba confundido, no se acostumbraba a las sombras verticales, los vecinos envejecían más evidentemente y el hedor de los nacientes callejones le estropeaba el viaje. Al final de la última avenida de la ciudad el hombre descubrió un tumulto de paneles de cristal que usó para remodelar su hogar. Tres días más tarde el alcalde y el presidente tocaros a su puerta una vez más.

     El hombre se sorprendió al escuchar que debía reconsiderar el concreto o dejar la ciudad de inmediato, pues los vecinos sentían incomodidad cada vez que desde su ventana observaban cuando el hombre hacía uso del baño.


     El hombre se rascaba la cabeza confundido, pero ahora más convencido de que nunca había pertenecido a esa ciudad, tomó sus pertenencias y se fue a vivir al bosque, donde todo era gratis menos la compañía, razón que lo obligaba a visitar los callejones con hedor a mujeres y hombres poco deseados por la sociedad. 


martes, 15 de diciembre de 2015

EL HERMANITO DE MARCOS


Un animal doméstico, un amigo fiel, un descuido desastroso, un compañero leal. Tantas cosas pudieran decirse de los perros, muchos son los testigos que dan fe del compromiso, la entrega de los canes a los seres humanos; un vínculo que para muchos es más bien caprichoso, aunque para otros es tan real como el amor de un familiar.
Marcos amaba a su perro, y pudiera dar fe de que el amor era mutuo, por eso no perdió tiempo y corrió en busca de leche tibia al ver a Obby cabizbajo, apenas rozando la taza de agua vacía y el plato de comida volteado al otro extremo cuyas iniciales desgastadas por el sol murmuraban O-Y desde lo lejos.
Marcos sabía que muy a pesar del entusiasmo de su mascota, Obby también esperaba a cambio gestos traducidos en abrazos explosivos y exclusivos como el movimiento de la cola o un salto inofensivo, pero bien calculado, sobre el regazo de su amo, gestos que en su ausencia jamás recibió.
Marcos se aproximó sudado e inhalando el vapor de la leche, Obby seguía inmerso en la pesadez, en su poco ánimo por jugar.
Marcos consentía a Obby incluso más que a su hermano menor, queien lo veía con cara de culpa desde la puerta que apuntaba hacia el comedor. No quería, no se atrevía a mirar a Marcos a los ojos, mucho menos a Obby después de haberle ofrecido el jugo letal de su agonía.
Las pulsaciones de Obby disminuían, Marcos lo había notado. El pequeño sólo quería un poco de atención.
‘La leche tibia corta el efecto del veneno’, recordaba Marcos las sugerencias de su abuela durante una anécdota similar en su niñez. Pero por mucho que le hubiera vertido la leche a las fuerzas, el raticida ya había reclamado los nervios y órganos más vulnerables de Obby.
Marcos se dio por vencido, supo que ya era tarde, y a la espera del último aliento de Obby, conversaba con sus padres sobre qué lugar resultaría más apropiado para que, al menos, tuviera un sepelio digno por parte de la familia. No hubo lágrimas ni mayor pesar, pero sí remordimientos en la cabeza del pequeño que, indispuesto a continuar con la carga, confesó antes de la cena la causa de la muerte de Obby.
Marcos se reconfortó al enterarse que su hermano había sido el verdugo de Obby en un incontrolado acto de celos, pero no se sentía reconfortado por la muerte sino porque mientras esperaban la llegada de su esposa, se gestaba una noticia que prefirió dejar para otra ocasión. El día transcurrió como cualquier otro.
Meses pasaron desde la muerte de Obby y desde que el hermanito de Marcos había iniciado un tratamiento psiquiátrico que le ayudaría a controlar la depresión y elevar la autoestima. ‘Está sanando’, consideró Marcos después de saludar a su hermanito durante una llamada telefónica. Y entonces hizo saber a la familia que un nuevo miembro estaba por nacer.

Los padres celebraron el nacimiento junto a Marcos y su esposa, excepto por el pequeño hermanito que tuvo que conformarse en casa con un par de postales que usó para adornar el espejo de clóset.  



sábado, 5 de diciembre de 2015

SE ACERCA EL ’31. EL 17 YA ES HISTORIA


Se encontraba próximo el año, el ‘31, próximas las navidades. Ya no habría nochebuena. Ya no habría batallas ni razones para batallar. Horas de descontento y una víctima que agonizaría hasta la actualidad. Un viaje tísico. Aire incierto, salitre corroyendo el metal y, por fin, ya a lo último de la realidad que nadie nunca sabrá, ahí, la celebración del contrincante.

Siempre habrá quien celebre por lo irónicamente lamentable; celebraron la caída de Alejandro Magno, la de Napoleón y la de Atila de los Hunos. La única caída aparentemente no celebrada fue la de Cristo, pero tres días más tarde hubo razones para celebrar. Cae la figura y al instante las verdaderas víctimas se pierden en el olvido. ¿Cuántas almas se evaporan antes de la llegada del ‘31? Irónico si alguien tuviera la cifra exacta, pero eso no importa, lo que importa ahora es que Bolívar consiguió la independencia de las cinco Naciones en 1218 viajes y que en el último de ellos tuvo, al menos, la dicha de celebrar la muerte como es tradición en la humanidad.

Menos de doce horas y el 17 ya era historia, la fecha que nadie olvidará y en la que Bolívar cantaba victorias en compañía de María Teresa, el Mariscal de Ayacucho, aquel general irlandés y el oficial fiel cuyo nombre no importa ahora ni nunca ha importado.

Seis horas para acabar el día y Bolívar corría incrédulo ante el semblante de su oficial, pero enaltecido tras la victoria, el soberano lo animaba porque todo saldría bien. Su aspecto irreconocible, cada vez más intrigante, le decía al Libertador que igual no había de qué preocuparse porque mientras estuviera de pie, habría vida, y mucha, por delante. De pie, O’Leary se mofaba las medallas y al trote de la despreocupación iba y venía Sucre vitoreando el nombre de su héroe y la conquista, María Teresa, presumida y orgullosa, bajo la sombra del manzanero, no apartaba la mirada de su hombre incompartido, fiel a su fragancia, que había mutado de europea a latina.

Tres horas y Bolívar seguía turbado por quien hoy nadie recuerda, pero esperanzado le toma la mano porque ‘todo estaría bien’, ‘estaría bien’, sea al culminar las horas, sea durante el regocijo que la independencia le tamboreaba en el tímpano.

-¡Levantad la mirada, soldado, que tus hijos serán reflejo de tus éxitos!”.  Mudo el oficial obedecía a la voz de mando que se apagaba con el pasar de los minutos.

Una hora y media, el 18 de diciembre estaba próximo, pero Bolívar hacía planes de si en Caracas o Bogotá resurgiría el desarrollo postcolombino y si por esclavo seguiría teniendo o sirvientes queridos a cada lado. No debía perder el tiempo en pendejadas, hacía mucho que no le hacía el amor a María Teresa. Ya Manuela no le bastaba. El furor de momento le hizo desnudarse el pecho y con la mano de oficial preso entre los suyos le bufoneaban las formas en que su mujer lo complacía y que ni Saenz jamás pudo superar.

Así pensaba Bolívar entre la tanta felicidad que le provocaba haber culminado la batalla absoluta por el dominio de Suramérica.


Se acabaron las horas. El 17 de diciembre de 1830 ya es historia. 


A MILLION SENSES MEET

A million senses meet,
A thousand colors combine;
I walk up each step of a ladder
And think of the horizon
Waiting ahead on top.
A million petals fall,
A thousand hands fail the catch,
Pretending flowers rather than beauty
Have the satisfactory purpose
Of dressing every human’s ground
With future blackish pitty
At the mercy of a ghost.
A million words rush the mouth of a victim
A thousand guilties push down the victims from the risk
While a steady number of sea waves
Crush the rocks turning them to sand.
A million tortoises egg the season,
A thousand crabs prepare for lunch
Running and caving out the flakes
Of shields of snails
Flavored and digested back in fall.
A lonely smell comes across each morning
“-It’s time you wake up”, sounds in my nose,
The song of nature rings with the tears
That both my eyes celebrate with joy.
The air brings stative life much closer
And glum my fingerprints silently,
My skin gets thicker, paler, stronger
I lose my color to despair.
I know there’s something
That yet is missing,
Not that I miss it,
Yet I realize it,
I know there’s a million stuff
I’ll see when I reach the top
Of the ladder.
Even when I think
I skip one step over impatience
But the closer I get to observe the horizon
The more vulnerable my senses become,
Despite the innumerable spectrums
 I’ll bump into on my way up.
There will always be the excuse
Of climbing,
Of reaching,
And glory-bathing
When on top of the ladder
A million senses meet.



Lluvia ácida

                -Ayer me decía mi madre que lo peor que pudo haberle pasado en la vida fue haberse interesado tanto en aprender, que mientras más aprendía más grande le parecía el mundo. Al principio me parecía un chiste que alguien tan entregada al aprendizaje me revelara su  secreto después de haberme sometido a tantas torturas por mi rebeldía académica. Me observó incrédula y muda a su revelación me tomó por el cabello que había decidido dejarme crecer por primera vez en 24 años. No diré que me asustó, pero algo, quizás la timidez o la tensión del momento, me hizo guiñarle inocentemente y sin consciencia a mis actos, no fui capaz de esquivar la sensación tan agradable que producen unos cuantos dedos al treparme la cabellera.

                -El compromiso maternal no la hizo olvidarse de sí misma en ningún instante… ¡y cómo lo disfrutaba cada vez que alguien me llamaba cuñada mientras caminábamos las avenidas de Caracas a la hora del almuerzo!  Aunque sin importar qué vista ni cómo, yo siempre la veré hermosa.  Ayer mientras me hablaba pude notar por vez primera el arte de los años plasmado en el pergamino humano que llamamos piel. Ella me miró fijo y me hizo saber que para el individuo que nace en la pobreza, los sueños se reducen incluso más cuando las responsabilidades ameritan identidad.

                -Ya la primera lágrima en asomarse me advirtió que la precisión del discurso no formaría parte de la reunión y que mi capacidad de análisis me llevaría a un único resultado: mi madre, al igual que cualquier otra, sacrificaba su todo por darme las facilidades que ella no tuvo. El único problema era que ni siquiera la dimensión de las facilidades que me obsequiaba sacaba de ella la nostalgia de seguir adelante con su meta de ir a conocer esos países, ciudades y demás lugares, que de seguro, hubiera conocido si un yo no se hubiera convertido en su piedra de tranca.

                -Sin darme cuenta me convertí en la antagonista de la historia. ¡Fuerte!

                -Cuando me alcanzó la mejilla y su lágrima se hubo evaporado debido a las altas temperaturas del orgullo, me dijo en tres claves distintas que aprovechara mi juventud tanto como debía y que me concentrara siempre más en saber que en aprender. Alguna parte de su consejo no me quedó clara, pero no me atrevía a pedirle explicación de lo que su interior iba expulsando porque además estaba seguro que ninguna de las palabras se manifestaba de forma involuntaria. Cada cosa dicha era un pedacito de emoción arrinconado urgido por escapar, que sin importar qué resultado obtuviera, o por muy metafórico, venía desde adentro con una única meta: escapar.

                -Otra lágrima quiso saludarme.

            -Mi madre jamás tuvo miedo de hablarme o contarme con discreción lo que considerara necesario. La diferencia de esta vez se escondía en la incoherencia del momento.

                -Se marchó sin más y me abandonó en la incertidumbre de la habitación, el lugar que nunca ha sabido resolver mis inquietudes cuando la sensibilidad se apodera de mí y me obliga a mojar la almohada con anhelo. Mi reacción más inmediata fue cerrar la puerta y sentarme al frente de la ventana que me dejaba ver la cara de mi verdugo eterno. Intenté de mil maneras comprender el desahogo de mi madre y entre la preocupación y la duda terminé pensando en mi obsesión, en la ausencia perenne de quien debería acompañarme, en las anécdotas perfectas que sólo habían ocurrido en mi imaginación, en los fracasos que, por muy escasos, aplacaban maravillas de una noche compartida que nuestros cuerpos sellaron con besos y vicios; pensaba como todo ser en humano empedernido sin control de sí mismo, que cree sentirse mejor cuando sabe que los demás están bien aunque uno esté mal: mentira más grande. Cuántas veces había apartado mi orgullo nada más para ganar la atención innecesaria de quien sí me importaba para terminar sentado en mi ventana y alborotar las verdades en mi cabeza y confundirlas con las mentiras que me embriagan con el más pequeño sorbo de tentación. Mi madre.

                -Mi madre ha hecho por amor las cosas que cualquier madre haría por su hijo, pero incluso, aunque sintiéndose madre, mi felicidad seguía siendo mía y no de ella. La plenitud de su libertad se había convertido en un chiste desde que supo que yo representaría la cadena que ataría sus pies de por vida. Mi madre me hizo entender de la manera más humana que el amor no sólo puede doler cuando una pareja sufre una decepción, sino que llega a doler más cuando quieres amar, tienes a quien ama, pero no eres quien deseas ser.

                -Ella, la mujer más importante en mi vida, se había escondido entre las páginas infinitas de la cultura y el aprendizaje para lograr olvidar lo que siempre ha sabido: la juventud de sus sueños había quedado atrapada en las noches de concepción, parto y crianza y que el resultado de esa juventud no le devolvería jamás lo que la inmadurez de cada persona aporta al embellecimiento de la cordura.
                -Mi juventud se había resumido siempre en un momento de intensidad carnal, una apuesta, un riesgo tomado o rechazado, un arrepentimiento sádico llamado aventura, un nuevo paso, un color, un olor, una forma, un nombre o una canción. Ha habido tanta diversidad en mis interminables preocupaciones que me cuesta concentrarme en una por más de diez minutos sin, por lo menos, seducir la otra. Pero no mi madre. Ella tiene núcleo y alrededor de su núcleo un círculo vicioso que llevarán siempre el mismo nombre y rostro y que sin lugar a reproches, terminan siendo su prioridad.
                -Mañana me toca partir de casa, de seguro no para siempre, pero sin fecha de regreso. Me aceptaron en la empresa que ambos, mi madre y yo, más anhelábamos. Ciertamente, aceptarlo significaba mi primer gran sacrificio: dejar mi hogar y mis tierras y enfrentarme a un nuevo mundo sin la protección de mi guardián más fiel. Además de eso, me retiro con el riesgo de cruzar la línea de la juventud para adaptarme al nuevo reto que llaman adultez, que obliga a sus recién llegados a resignarse al concepto plano de “realidad”.

                -Las maletas recostadas en el rincón de mi habitación junto a mi chaqueta de viaje me decían que todavía quedaba espacio para algo más, por eso dejé la ventana acribilladora y fui adonde mi madre, tomé su brazo dormido y lo até a mi fidelidad infantil. Ella abrió los ojos e iluminó la habitación de emociones, estrechó su brazo tan fuerte como la incomodidad de nuestros cuerpos le permitió hasta que me propinó un beso en la frente. Le dije que mirara el techo y dibujara con los ojos cerrados la cima del cerro El Ávila, que una vez ahí, acompañada por mi ausencia escuchara el sonido de mi voz; le dije que subiéramos el Roraima, que camináramos los médanos, que nadáramos en Los Roques, que tomara un café en el llano mientras las garzas revoloteaban bajo el azul naciente, que cruzara el Orinoco nadando, que visitara el Puente sobre el Lago, que se cubriera bien en el Pico Bolívar, que mirara la falda del Salto Ángel desde el nacimiento de su cascada, que cargara una anaconda en el Amazonas, que subiera hasta lo más alto del Monumento a la Paz, que desafiara al Caroní, que visitara toda América y demás continentes; le dije que entonces, mientras viajara, escuchara mi primera palabra, que recordara mis primeros pasos, mi llegada de la escuela, mi primera salida nocturna, mis logros que también eran suyos, pero en vez de unirlos todos en mismo cuadro, que atribuyera un escenario a cada escena.

                -La sonrisa infinita dibujada en el rostro de mi madre me hizo saber que estaba preparado para cruzar la línea, pero sus palabras me impidieron continuar:

                -“La niñez y la juventud me van a acompañar siempre que tenga la dicha de saberte con vida, hija, y ese gesto tan inesperado y maravilloso, además de atrevido, que me acabas de regalar no creo que llegue a existir forma alguna, jamás, que logre suplirlos. Sólo el hijo que se da la tarea de aprender a conocer a su madre sabrá lo que ella espera de él sin que palabras más, palabras menos lo digan. ¡No esperes, hija mía, que alguien más que tus propios hijos te regalen la fortuna de sentir un amor tan puro en la vida! Eso es todo lo que una madre quiere y lo único que ustedes podrán darnos a cambio de cualquier cosa que pretendan negociar. No dejes que el peso de tu nueva independencia de cohíba de seguir siendo la niña inocente y sensible que eres, tampoco  permitas que tu dependencia emocional te ate a lo que le hace daño a tu interior”.

                -Mi madre había vuelto a su modo ordinario de sermonearme después de haberla acompañado durante su viaje por el mundo. El reloj marcaba las once y cuarenta minutos, lo suficientemente tarde para irme a dormir.


                -Dormir se me ha hecho imposible desde que llegué a mi habitación. La impaciencia que me provoca el viaje no me deja ni siquiera cerrar los ojos, pero de eso no me preocupo, en el avión tendré tiempo para dormir. Ahora lo importante es que desde hace ya casi cuatro horas sigo sentada en la ventana que por tanto tiempo me había mostrado cómo caía la lluvia ácida de mis recuerdos.

Inocente hasta que se demuestre lo contrario

-“Vi al hombre sentado junto al arroyo, miraba el cielo con los ojos inundados de lágrimas”-, dijo a su padre con un miedo que el cuerpo no resistía y del que se iba liberando poco a poco a través del sudor que le resbalaba por la espalda. El joven sentía la presión del interrogatorio, la tensión del pudor y la incredulidad de su decisión mientras las palabras del relato se enfilaban para salir sin mostrar las debilidades que sus emociones luchaban por dar a conocer. No quería mostrarse intimidado ante los ojos exterminadores de su padre. Intentaba controlar las manos para restar los roces de la nariz y el cabello. Hablaba con tanta seguridad y aparente ingenuidad que sin que su padre lo notara, se daba cuenta de cuándo su discurso estaba dando resultados a favor y cuándo no.

-“Él no habría notado mi presencia de no haber sido porque yo mismo me acerqué a preguntarle qué hacía ahí en tal estado”-, continuaba el joven con la confesión. El lápiz bailaba de dedo en dedo sin intención de detenerse. De vez en cuando, sacaba  una moneda del bolsillo y la chocaba contra el lápiz bailarín hasta que notaba su presencia y la devolvía al lugar de origen. Incluso la silla que lo sostenía sufría las inquietudes de cada nervio al momento de balancearse hasta que los pies tenían poco contacto con el suelo.

-“Cuando se dio cuenta de que estaba ahí, me pidió que lo dejara solo. Y lo iba a hacer. Pero no porque ya había disminuido mi curiosidad sino porque noté estaba acompañado de esa pistola que reposaba a metros de él”-, confesó el joven apuntando con la mirada un arma plateada calibre cuarenta y ocho sobre el escritorio presa en una bolsa de plástico. El padre incrédulo y herido no apartaba la mirada de él, no darle importancia al arma permanecía inmóvil, la rigidez asomada en su rostro era una evidencia contundente de que lo único que esperaba era la culminación del interrogatorio.

-“Ni siquiera sé su nombre. Nunca antes había visto esa arma. No sabía qué pretendía hacer con ella. Temía a que me dispara al retirarme. Por eso me quedé inmóvil. Cuando ya había decidido retirarme, lo vi agarrar esa cosa. Entonces me habló y me pidió que no dijera nada a nadie, que él no lo había hecho adrede. ¡Ni siquiera había visto el cadáver en el arroyo! ¡¿POR QUÉ TE CUESTA TANTO CREERLE A TU PROPIO HIJO?!”-, preguntó el joven impaciente y alterado. El padre apenas movía la cabeza de un lado al otro con los ojos rojos y húmedos indispuesto a mostrar misericordia.

-“¿Qué hubieras hecho tú en mi posición? Así, en mis zapatos… a mi edad. ¡No me digas que lo habrías resuelto porque sabes que no! Además, él me dijo que no era culpable. ¡Por Dios! Había un cuerpo sin vida en frente de él. ¿Qué se supones que debía hacer? ¿Creerle? ¿Salir a toda prisa y correr el riesgo de que me disparara por la espalda? El hombre parecía un desquiciado, tal y como me has descrito a los hombres que has atrapado en tus redadas y búsquedas de criminales. ¡Había una persona MUERTA con él y un arma a su lado! Sé que cometí un error al tomar el arma. ¡Lo sé! Pero lo hice para tomar el control de la situación y evitar daños mayores.”

-“Tiene tus huellas. ¿Cómo comprobar que no fuiste tú quien acabó con la vida de ambos?”

-“Para eso están los detectives, ¿no?”- respondió el joven en medio de la ira a su padre.

-“Si no tienes cómo demostrar que tu hijo es inocente, entonces deja de pretender que estás haciendo un gran trabajo interrogándome. Ambos sabemos que detrás de esos espejos hay personas escuchando lo que yo te digo. Y todos, incluyéndolos, sabemos que es ridículo esperar que yo haga algo que pueda inculparme, siendo o no culpable. Sé cómo trabajan, padre. Además, soy el único testigo y sospechoso de los hechos. ¡No conocía al hombre ni a la mujer en el arroyo, por Dios! Tienes acceso a todas mis cuentas en las redes sociales, a mi teléfono y todo lo que necesites. No tienen cómo demostrar que yo asesiné a esas personas”.

-“En defensa propia, por ejemplo”.

“Es eso lo que TÚ quieres que yo diga, ¿no? Para demostrar que eres tan bueno en tu trabajo que lograste que tu propio hijo cargara con un crimen que jamás cometió. Buena suerte con tu trabajo entonces. ¡Sal y declárame culpable! Yo seguiré diciendo lo que sé. Él se suicidó porque la consciencia no lo iba a dejar vivir de todas maneras. Ya te lo dije y te lo repito por última vez: el hombre iba a acabar con su viva estando yo ahí o no”.

-“Si ya habías tomado el arma, ¿Cómo es que él pudo dar con ella de nuevo?”

- “Me dijo que la última bala la había disparado cuando, ‘accidentalmente’, hirió a su esposa”.

-“¿Y tú le creíste?”

-“No sé si le creí o reaccioné por miedo, pero ni siquiera me tomé la molestia de revisar el peine”.

-“¿Y entonces acabó con su vida… así nada más?

-“Sí. La agarró y me dijo que me alejara porque se quería suicidar, si no obedecía, me iba a disparar también. Me mostró el peine y, sí, estaba cargada”-. Aunque el joven se había resignado, no se mostraba desanimado. Su padre le había repetido en muchas ocasiones que para ser inocente, sólo hay que demostrarlo sin importar cuál culpable lo sea. Él estaba demostrando de todas las formas posibles que era inocente. El padre estudió el arma y con mucho cuidado retiró el peine. -“Esperemos ahora que este peine diga las mismas palabras que tú. De lo contrario, me encargaré de encerrarte y condenarte personalmente. No me formé como oficial para que mi hijo se divirtiera jugando a ser el criminal. Pasé muchos años de mi vida intentando ser el mejor en mi trabajo para brindarles a ustedes el mejor presente y futuro”.

-“Le dedicaste tanto tiempo a tu trabajo que se te olvidó dedicarle tiempo a tu verdadero rol de vida. Un padre de verdad sacrifica su tiempo para conocer a sus hijos como nadie más nunca los podría conocer. Te agradezco una cosa, padre, cuando tengas los resultados no regreses pidiéndome perdón ni que comprenda tus obligaciones. Si esa idea llega a atravesarte la mente en algún momento, considera tú primero que a quien estás acusando es al mismo que has estado criando desde su nacimiento”.

El padre tomó el peine y se retiró con el eco de las palabras de su hijo resonándole en la cabeza. El orgullo del más pequeño había sido una herencia exacta de su padre, pues quien hubiera salido de la sala de interrogatorios con la última prueba del crimen, regresó minutos más tardes con los ojos aún rojos, pero ahora llenos de lágrimas de arrepentimiento a decirle a su hijo que tenía que marcharse a casa. -“Puede retirarse, ciudadano. –anunció un oficial que había acompañado al padre del acusado durante el interrogatorio.- Se han retirado los cargos en su contra”.

El joven inocente apretó la corbata de su decepción y al levantarse, se sacudió el poco afecto familiar que le quedaba, pero antes de marcharse, estiró con firmeza la mano que su padre no se atrevió a saludar: -“Tienes el mismo semblante del difunto antes quitarse la vida, con el mismo remordimiento que se te asoma en los ojos ahora. No te guardo rencor por esto, padre, pero no me pidas que deposite mi confianza en ti nuevamente. No porque ya no lo quisiera sino porque acabo de darme cuenta de que no fuiste capaz de tan siquiera reconocer el resultado de tu dedicación a la familia”.


El oficial enmudecido, el que dejó caer la lágrima platinada con su placa de alto rango, escoltó al joven hasta el auto y condujo a casa en un viaje acompañado por el silencio más largo que hubiera experimentado en vida.