R. M. Millán

sábado, 5 de diciembre de 2015

El sabor del mar

Ya perdí el sabor del mar, quedó atrapado en un resfriado de mi niñez. Ahora el mar me corta los labios y no es cálido por las mañana; ya las ansias metamorfaron e intrigas rebotan con cada puerta de sol en el horizonte, la salitre se ha convertido en escamas y la espuma en ácido traicionero que alberga medusas venenosas que seducen con su transparencia y tentáculos.

El sabor del mar ya no toca mi lengua, en cambio se apresura hasta la córnea de mis ojos y me irrita la esperanza. La sal, que de niño disfrutaba mezclar con la arena, se ha vuelto trozos de vidrio camuflada entre las piedras que me descuartizan la palma de la mano.

El mar ya no es amigo del sol.

Y el sol que ni amigo de alguien más algún día fue arremete contra la ligereza de mi piel para librarse de las artimañas del reflejo del mar.

El mar ha perdido su sabor y yo la sensibilidad que nada más él me provocaba al escuchar su nombre en días de fiesta. El mar maldijo mi inocencia y creó en mí una dependencia. El mar nunca ha tenido sabor alguno o cordura alguna yo jamás tuve, pero observar el mar no era lo que antes más me atraía porque con apenas verme, el mar oleaba de alegría, pero ahora es calmo a mi vista y traicionero a mi espalda, ya dejó de ser azul de día y plateado en el alba.

El mar ya no me pausa, él más bien me secuestra, y cuando apenas dejo de alucinar ya no siento el sabor del mar.

Amaneció igualito

Amaneció igualito,
Con la misma incertidumbre por la cantidad de estrellas,
Amaneció con ganas de amanecer otra vez,
Pero con un sol que en vez de astro
Resultó meteorito.

Aún no llega la tarde
Pero da lo mismo si claro u oscuro,
Las banderas ya no visten las astas
Sino que limpian la sangre,
¿O es esmalte?
Y de esa manera llegó el martes
Con los pañuelos bañados de menta o de vinagre
Y los informales haciendo subastas
Con otro protagonista, no aquel fulano Yaguno;
“Basil, mi intención no era asesinarte”.
Le gritaba alguno.

Me hubiese gustado un discurso más bonito
Pero escuchando en todos la voz de Castro
No encuentro en ninguna la sensatez
De un filo que ya no necesita mella
Sino un dueño amaestraíto.

Pasaron martes tras martes,
El almuerzo se volvió innecesario
El contraste se hizo más evidente
Y las estrellas seguían confundidas

“¡Hasta pronto!”




miércoles, 2 de diciembre de 2015

Adrianka y sus Amazonas

Adrianka y sus Amazonas

Quien la mira por vez primera no recuerda haberla visto antes, aunque al menos unas incontables veces, la precisión de la posición de los ojos de quien más le atraía en el momento le daba la sensación de presencia que terminaba convenciéndola de que la ausencia siempre se presentaba apresurada antes que ella misma. Adrianka, mujer de las aventuras, sin importar de cuáles ni cuántas se trataran, siempre aventuras, y como buena hija del viento, creyó haberse dado por vencida cuando las hojas salvajes del Amazonas le silbaban festejando que había llegado a casa de nuevo.

Cuenta la leyenda, apenas alterada entre lengua y lengua, que de imperante tenía ella el semblante aunque de sumisa su complemento entero; Adrianka, la chica mulata de ritmo tamboreño al andar, conocía las extremidades del sentir, siempre a flor de piel, que más que un interior desesperado, llevaba ella en cambio un corazón obstinado. Fácil, podría decirse, que se tratara de un hábito dramático de la chica común de esta época, pero Adrianka no comprendía los términos de época cuando intentaba adivinarse entre el antes y después de Cristo, pues la mistura de color de vida le enseñó una lección muy valiosa: quien mezcla tiene por origen, épocas tiene por experiencia. Desde el Gardel de la revolución del tango hasta la Kahlo de la actualidad mejicana, incluso desde el amor colonial, alcanzaba cualquier pariente suyo a verla bailar un tambor inexplicable que le prensaba los labios y, hundida en la intranquilidad de su cintura, armaba coreografías herejes que para los Capetos hubiera sido una excusa más para crear cruzadas más teñidas que las malcriadeces de Hitler.

Una decisión forzosa significaba siempre una expresión de lágrimas indiscutible, una necesidad controversial que acreditaba a algunos el insulto infalible de quien tuviera que merecerlo además del deseo inderogable de olvidar las desgracias con el primer trago de cerveza, porque sacrificar el segundo, tercero y otros venideros, concluiría en más pretextos bañados en lágrimas que le mostraban lo grande que era como persona, pero lo tan poco que ella creía en esas verdades. Por eso seguía en el Amazonas, a todos lados que fuera, seguía en el Amazonas, a toda persona que conociera terminaba hablándole del Amazonas, porque inconsciente de sus actos, su lucha por dejar el pasado en el olvido le pedía refuerzo al ver la escasez a su alrededor, fenómeno escamoso y espinoso que le dejó cicatrices irreparables en el rostro, además de estrías en la espalda que descubrió cuando ya la piel no tenía reparo alguno. Y cuando por fin comprendió que no había forma de escapar del Amazonas, tomó la decisión de llevar consigo un pedazo de sí que sembraría despechada en cada hectárea de terreno ajeno hasta que nada más quedara de ella el pedazo de pureza inalterable que había heredado de sus padres.

Se supo de ella cuando ya no estuvo entre los suyos porque ya no estaba entre ellos; viajó con semillas de esperanza a tantos lados que sembró bosques de Venezuela más grandes que el Pacífico y más virgen que Madagascar. Prefería luchar incansable mientras pudiera evitar el recuerdo. Odiaba recordar y sentir que era lo que era. Lo que somos. Quiso en muchas ocasiones ser ambiciosa, quiso ser como los demás, quiso no ser nadie, quiso seguir siendo y entre tanto querer había olvidado lo que se sentía desear de verdad. Incluso llegó a creer que era tanto lo que deseaba, que sentía miedo de ser ambiciosa otra vez y caer en un círculo vicioso donde lo único que cambiaba era el oyente de sus discursos de decepción e incomprensión de los hechos. Él o ella, siempre dos, preferiblemente, los escogía por energía y no por condición, pero siempre él o ella acompañaba a Adrianka en las batallas internas, ambos con el mismo propósito afligido de no hacerle daño nunca, pero buscando la forma más amigable posible de decirle que no tenía sentido alguno luchar contra los gigantes que el de La Mancha no pudo derrotar. No existían y nunca existirán. Maravillas anecdóticas le cruzaban la mente entre un traslado aburrido y el otro, se reía sola y nadie notaba su felicidad, pero sí notaron su ausencia con prontitud. Mundo ingrato, pudiera decirles, pero se le asomaba entre lengua y diente la verdad del mundo y es que mientras no lo conozcas entero, no estarás en condiciones, nunca, de generalizar tus tragedias para atribuírselas a él, al mundo, ser más inocente que acarrea las penumbras deshonrosas de quienes se dan por vencidos. Así se supo de ella, porque un alma curiosa entró inadvertida a su intimidad después de haberse marchado y notó un envoltorio de papel arrinconado a un lado de la cama que nadie más quiso ver por la sorpresa de haber sabido que ya no sabrían de ella. El papel desenvuelto parecía más bien un confesionario graficado entre la pena y la urgencia por dejar la identidad física pegada en las letras y dejar la de verdad florecer como hiedra venenosa hasta convertirse en orquídea de mares de aguas caribeñas. La carta que su madre más tarde recibió y conservó le revelaba que:

-La brisa con aroma a libertad solo se respira cuando vas a mucha prisa por entre las enredaderas de la selva. Ahora no me preguntes de cuál selva hablo. Yo he sido libre en muchas ocasiones y por eso es que de nada más recordarlas, la sonrisa se me escapa inadvertida, la mirada se pierde en medio del recuerdo; cual kinestésica, prefiero vivir atrapada en el laberinto de mis sentidos y no en la realidad que me toca admitir por vida. Tan simple como creerme nómada del universo o tan complejo como no olvidar que pertenezco, de vez en cuando, al ombligo que me cortaron al nacer. ¡Sé que siempre va a ser así, mamá! Contraponiéndose a mis ideales, siempre van a estar mis principios, literalmente hablando o en el sentido que desees interpretarlo. Soy enemiga declarada de la monotonía, pero mi sangre indígena me otorgó la mejor herencia, la percepción y convicción de mis propósitos. No apuesto a alcanzar metas sino a contar y recontar las que ya he alcanzado, por eso es que no creo mucho en mi futuro ni en el destino escrito o jurado; yo, por el contrario, creo en lo que soy capaz de crear y es por eso que todo rincón me trae recuerdos inmortales de mi niñez y quizás sea pura obsesión, pero ya me es inevitable no encontrar una similitud, por muy sencilla o irrelevante que parezca, de mi lugar de origen; es por eso que no importa dónde esté, para mí el mundo siempre será una parte desconocida de mi Amazonas.

Adrianka, o hija del otoño, según su padre, le dieron por nombre para honrar el entorno y circunstancia que le sirvió de cuna, pero incrédula a tales honores, confiaba más en las palabras de su madre:

-Adrianka no es ni siquiera un nombre, hija mía, sino un atributo a tus plegarias. Tu nombre recolecta la esencia de lo que no fuimos capaces de ser ni hacer, es por eso que sentirás confusión continua, pero no sacrifiques tus lágrimas por la agonía e impotencia de no saber a qué les pertenezcan. Déjalas fluir, que el Río Grande, por muy ofensivo que pretenda parecer, será siempre una vena inofensiva que nace y muere en el mar. Cuando sientas la inexplicable duda del llanto tocarte, déjalo salir y compréndelo mientras se retira. Las lágrimas jamás te mentirán, pero tú sí puedes hacerlo y mucho. ¿Pero sabes qué no solo dice siempre la verdad, sino que también te delata cuando intentas ocultarla? La sonrisa, hija mía. No le prestes mucha atención a lo que te corre por dentro del cuerpo porque a veces él se manifiesta de formas imposibles de comprender, siempre debes estar a la ofensiva con tu mejor arma: la sonrisa. Adrianka, hija, la irregularidad de tus pies no son un error de la naturaleza, es de hecho una proyección de tu jerarquía. Mientras fuiste creándote, ya le habías dicho a tu naturalidad qué y cómo querías ser. Eres caminante del mundo. ¡Hazme un gran favor! Sé lo que tengas que ser, pero lleva contigo esto que ves, respira siempre esto que hay y vive siempre porque así tu nombre nunca morirá.

Su madre la conocía más que nadie, supo de inmediato que nada le arrebataría la idea de recorrer lo que tuviera que recorrer hasta llegar a donde sus pies dejaran de sentir que había vidrios en la superficie. Las palabras de su madre fueron el motor que acobardaron a la joven Adrianka, pero quién sabe qué la habrá obligado a partir tan de pronto y sin despedidas, pues lo único que quedó de su partida fue una declaración esperanzada para una madre que la espera día a día en el Amazonas de una ciudad en sequía, y ansiosa de nutrirse con lluvias sanadoras que devuelvan las semillas que Adrianka le arrebató un día y que en todo el mundo siguen esparcidas. 






Luis Mijares 1800-2000

Don Luis Mijares fue el primer hombre de su familia en nunca faltarle el respeto a su mujer ni ninguna otra que jamás hubiera conocido. Los Mijares de antes y los Mijares de después han mantenido viva la única tradición de no dejar perder entre los escombros de los azotes continuos de la naturaleza y la sociedad, la herencia que Don Luis Mijares abuelo comenzó el día que tocó suelo venezolano. Don Luis Mijares abuelo dejó Europa en el pasado tal y como lo hizo con su identidad. « ¡Eshpañol y punto! », respondía asqueado por la intriga de quienes dudaban de su condición de hombre reservado. « No me vaish a decir que eshte esh “Eshpañol y punto” con ese semblante de proteshtante y actitud de irlandésh, juraría por mi madre y la mishmísima Reina que de católico tiene ese lo que yo de monarca», -advirtió un marino que compartía nave con Don Luis durante su traslado al nuevo mundo.

« ¡No me habléis tú de mala vida, muchacho, que más he recorrido este mundo! » -le reprochó Don Luis abuelo a su hijo bastardo un día cualquiera en el que el adolescente se quejaba de tener que salir a robar alimento en las parcelas adyacentes a la Güipuzcoana. «¡Cómo quisiera que recibiera él las pedradas y mordidas de perros a ver si sus viajes se comparan con bajar a la Guayra y volver casi muerto¡ » -repetía el hijo, Pablo, que por falta de registro legal, a los diecisiete años se cambió el nombre a Luis Mijares hijo como condición obligatoria para desposar a Mérida, una prostituta española deprimida que se involucró en el negocio pecaminoso a los quince y a sus veinticinco seguía siendo virgen, y que por evitar el suicidio, se aventuró en un viaje al nuevo continente como cocinera del Habanero. Apenas abandonó la embarcación, prefirió aventurarse sigilosa entre los montes oscuros de una montaña imperante que escondía un valle muy mencionado entre carruaje y carruaje en los caminos fangosos de la ciudad. Mérida y Pablo se conocieron en su ambiente de trabajo por mera coincidencia: Pablo observaba temeroso los sembradíos para decidir qué y cómo robar para llevarle a su padre mientras Mérida, sin vergüenza alguna, se acercaba a los alambrados y estirando el brazo sin preocupación de desangrar o desgarrarse el trapo que vestía, cavaba la arena y adivinaba las papas y zanahorias que Pablo ya hacía suyas. La vio desde lejos y la siguió hasta sorprenderla en la quebrada más próxima, pues, pensaba Pablo que más fácil era robar a la chica que evitar una mordedura de perro. Así se conocieron Pablo y Mérida, un encuentro casual a mitad de la quebrada que terminó en rasguños y el desmayo de Mérida que preocupó tanto a Pablo que terminó cargándola inconsciente hasta la casa de su padre. «¿Ya te la follasteis, que las has traído a casa? » -se burló Don Luis Mijares de su hijo antes de dejarle claro que en la casa no había espacio para más personas. Mérida reaccionó y un año más tarde seguía rasguñando a Pablo, su esposo, quien ya había adoptado la nueva identidad (Don Luis Mijares hijo), después de que Don Juan Mijares muriera de un infarto en la ausencia de su hijo y nuera que trabajaban para traer la comida a casa. 

Don Luis Mijares hijo, heredero de las pertenencias de su padre, llevaba a su hijo a la escuela mientras Doña Mérida Mijares vendía boletos de ferrocarril en la estación Caracas-La Guaira. Y así pasaron los días durante los siguientes siete y ocho años. « ¡No me vas a hablar tú de mala vida, muchacho, que no tuviste a mi padre ni de abuelo! » -enmudeció Don Luis Mijares, ahora padre, a su hijo Luis, después de que el joven se quejara de no poder lidiar con las tareas y cargar maletas en la estación del ferrocarril.  Después de que Don Luis Padre le contara a Luis hijo lo que Don Luis abuelo le había contado durante su juventud sobre mendigar por el mundo y enterrar su pasado para rehacer una nueva vida, Luis hijo tuvo la ligera inquietud de que no quería ser como su abuelo ni su padre.

Al terminar la escuela, Luis hijo se despidió de la familia y después de tanto insistir y llenarse los pulmones de polvo y cemento, consiguió su primer trabajo legal en el Palacio Federal Legislativo como mensajero por al menos nueve años hasta que conoció a Doña Federica de León, mujer aburrida de la modernización de Caracas, que prefería el andar de pocas prendas y el agua intranquila del mar y los ríos. « ¡Me voy a casar! » -celebró Luis hijo con sus padres el día que les presentó a Doña Federica de León. La futura señora de Mijares recorría la casa intranquila, esperando que en cualquier momento Luis hijo la invitara a conocer las famosas playas de Macuto y recorrer descalza la popular y recién construida Plaza de las Palomas. Incluso desde la falda de Galipán, Doña Federica de León creía escuchar el mar chocar contra los barcos. « ¡Hasta que por fin me lo dices! » -aceptó Doña Federica de León la invitación de su prometido, ansiosa por intercambiar el ruido de las cacerolas por las de la briza costeña que siempre quiso adoptar.

« ¡Aquí nos casaremos, Luis! » -le ordenó risueña Doña Federica de León a Don Luis Mijares una tarde en la que el sol apuntaba directamente a la fachada de la Iglesia San Sebastián de Maiquetía. « ¡Aquí nos casaremos y bautizaremos los que tengamos que bautizar! » -le gritaba Doña Federica de León al complacido Don Luis Mijares, que la veía correr hasta adentro de la imponente estructura católica que imitaba otras estructuras frecuentadas de la época. Pocos fueron los invitados al bautizo de la primogénita de Don Luis y Doña Federica Mijares, pero acogedora la celebración  que realizaron en casa de Don Luis Mijares abuelo, terreno que había crecido a lo ancho y largo después de que de Don Luis Mijares hijo comprara un par de parcelas con sus ahorros y los de su esposa a un comerciante mejicano despavorido por el terremoto de 1900 y que estaba pronto a regresar a su país; la compra la realizaron un año antes de que las autoridades locales les exigieran el pago obligatorio que los imperios inglés, alemán e italiano seguían exigiendo al puerto de la Guaira.

Doña Mérida Mijares acompañaba tanto a la pequeña María Teresa Mijares de León hasta el punto de esperarla hasta la salida de la escuela por miedo a que los prófugos de la Revolución Libertadora se pronunciaran contra las autoridades del Litoral como ya se venía escuchando desde 1903.

« ¡Luis, querido, María Teresa tendrá un hermanito pronto! » -le reveló Doña Federica Mijares a su esposo al confirmar su segundo embarazo. Nació Luis Cuarto, así con nombre registrado en la jefatura de Maiquetía, el mismo día que Luis Mijares segundo murió. El embarazo estuvo acompañado de síntomas insoportables y riesgos que el médico consideró más bien evitar tanto por el bienestar de Doña Federica como de Luis Cuarto. El pequeño Luis Cuarto fue creciendo a la misma velocidad de la explotación petrolera, curioso e hiperactivo se involucraba en cuantas actividades escuchaba y a los trece años de edad creyó conocer la sensación de libertad que su padre le había contado que su bisabuelo y abuelo tuvieron en vida y que él mismo seguía gozando por haber nacido hijos únicos. María Teresa Mijares de León se había marchado al occidente con hambre de desarrollo y contribución social, con planes de participar en la modernización y el avance, aspectos que su madre había criticado en presencia y ausencia de todos desde que podía recordar. Luis Cuarto alcanzó tal popularidad que a sus dieciocho años se la pasaba dando discursos en escuelas y demás instituciones sobre las ventajas de ser venezolano, siempre agradeciendo a su amistad con el hijo del ministro de turno de La Guaira, hasta que enamoró a punta de elocuencias a Frau Waltz, hija de emigrantes alemanes que habían escapado de Berlín antes de la invasión a Polonia. Luis Cuarto era el típico caraqueño nacido en cualquier parte del país que no fuera Caracas, que se mofaba de piropos cada vez que explicaba las complejas estrategias económicas que ubicaban a Venezuela entre los pilares del mundo durante y después de la crisis del ‘29. Su orgullo era tal que durante la inauguración de la autopista Caracas-La Guaira se ofreció para dar el sermón de augurio, además de cruzar ambos viaductos a pie en compañía de Pérez Jiménez, « ¡Pregúntenle a los presos si este puente se va a caer! », -vociferaba el enaltecido Luis Cuarto Mijares mientras cruzaba los viaductos. Como gesto de agradecimiento, el Presidente se encargó de que le equiparan un apartamento con tecnología de punta en una de las torres que adornaban la entrada de la parroquia Raúl Leoni hoy día conocida como los Bloques de 10 de marzo, nombre que responde a la fecha del natalicio de quien fuera uno de los más grandes ilustres de la región guaireña, José María Vargas, presidente, médico y primer rector de la Universidad Central de Venezuela, casa que licenció a Luis Cuarto con el título de sociólogo y abogado.

Apenas acababa de graduarse de abogado Luis Cuarto Mijares de León cuando le propuso matrimonio a su novia alemana, Marie Waltz. Luis Cuarto pasó la mayor parte de su vida en Caracas, pero después de la inauguración de la autopista Caracas-La Guaira decidió regresar a su ciudad natal y vivir con su esposa en casa de los Mijares en la falda del cerro el Ávila, Galipán. Marie disfrutaba inmensamente visitar Galipán, pero cuando sentía el calor de La Guaira, le imploraba a Luis Cuarto que volvieran a la Colonia Tovar a pasar días en casa de sus padres. Entre ir y venir, Luis Cuarto no se cansaba de repetir que él mismo había cruzado ambos viaductos y que Pérez Jiménez era un gran amigo suyo. Marie le concedió a Luis Cuarto la dicha de ser padre de un par de morochos que criaron en casa de los Mijares durante la temporada de clases y la Colonia Tovar en vacaciones y fines de semana hasta que los morochos Luis Alberto y Luis Felipe Mijares Waltz, con más pinta de alemanes que españoles emigrantes, alcanzaron edad suficiente para vivir solos en el apartamento que Pérez Jiménez le había obsequiado a su padre. El día de la mudanza, Luis Cuarto compartió con sus hijos, en presencia de su esposa Frau Mijares, las anécdotas que su padre, Luis Mijares tercero, le contó sobre él, sobre Luis Mijares padre y sobre Luis Mijares abuelo.

Luis Alberto se mudó a Caracas a los veintitrés años después de conseguir un contrato sustancioso como profesor de Historia en la universidad Simón Bolívar; Luis Felipe terminó el bachillerato y después de recibir la herencia inesperada de su tía, decidió dedicarse a la pescadería. « ¡Hermano, esa tía de nosotros dejó petróleo, pero como que nunca supo que éramos dos porque en el testamento dice Luis Felipe Mijares Waltz nada más; apenas tenga acceso al dinero, yo corro con los gastos de tu boda! ¡Lo mejor es que te dediques a mantener el apellido Mijares con vida porque ya sabemos que aquí el que preña eres tú! », -le ofreció Luis Felipe a Luis Alberto como regalo de navidad un veinticinco de diciembre mientras observaban, en compañía de la cuñada, a los niños de la región montar sus bicicletas durante las misas de aguinaldo. « ¡Eres un desgraciado suertudo! », -le agradeció Luis Alberto bañado de lágrimas de alegría a su hermano. Tal y como lo prometió, Luis Felipe se hizo cargo de cualquier gasto que fuera necesario para que la boda de su morocho fuera perfecta y como si no fuera poco, le obsequió un par de boletos a Aruba por su luna de miel. Desde entonces, para Luis Felipe, Aruba había pasado a ser la isla de la fertilidad que bendijo a su hermano con la dicha de concebir, no uno sino cinco hijos.

El cuarto de los cinco habría sido el primer varón de la última generación de los Mijares, pero el susto del ‘67 le provocó un aborto inmediato a Berta de Mijares, esposa del morocho Luis Felipe. Se escuchaban noticias de posibles réplicas o maremotos en las costas del país, el estrés lo obligó a ocultarse en casa de los Waltz en la Colonia Tovar por al menos dos meses hasta que Luis Alberto empezó a extrañar el mar y la pesca. Los morochos y su familia regresaron a La Guaira. Tres años después del terremoto Berta sorprendió a los morochos con un nuevo embarazo, el varón venía en camino. Cuando el nuevo Luis de la familia nació, Luis Felipe, en secreto, redactó un testamento donde le dejaba a su sobrino todo lo que hubiera sido suyo y de su tía María Teresa Mijares de León alguna vez, pero como condición, debía asegurarse de que a sus hermanas no les faltara nunca nada. Luis Alberto se dedicó a contarles a sus hijos las historias que su padre le había contado sobre el abuelo Luis Mijares al llegar en una embarcación española y otras anécdotas heroicas y melancólicas después de que Luis Felipe tío perdiera la vida en el incendio de Tacoa, catástrofe que acabó con la vida de residentes, cuerpos bomberiles y demás voluntarios que incluía a muchos de los pesqueros de la región. Nunca se dejó de hablar del incendio de Tacoa en La Guaira ni en cualquier otro lado del territorio venezolano. Luis Alberto murió de un infarto y Berta de tristeza poco antes del Caracazo. La hermana mayor de Luis Felipe sobrino se encargó de reestructurar la casa de los Mijares, ahora menos frecuentada; la segunda de las hermanas conoció a un beisbolista que acababa de ser firmado para jugar con los Cardenales de Lara, y la tercera intercambiaba estadía entre la Colonia Tovar y los Bloques de 10 de Marzo, siempre indispuesta a residir en Caracas tras haber experimentado el levantamiento contra Carlos Andrés.

Luis Felipe Junior conoce a Adriana, amiga de la menor de sus hermanas y exparticipante del Miss Venezuela, anécdota que no dejó de repetir en su primera visita al apartamento de los Mijares en 10 de Marzo. «¡Esa corona era mía, pero todos estamos conscientes de que el papá de esa chama compró el evento! ». Adriana se excusaba cada vez que podía y visitaba las playas del Shératon donde se reunía con Luis Felipe sobrino y una que otras veces con su cuñada. En el ‘98, Luis Felipe sobrino la invitó al club de yate de Caribe y en conspiración con el staff de su restaurant favorito, y en presencia de sus hermanas, le propuso matrimonio a Adriana. Casi un año duraron los preparativos y en octubre del año siguiente se casaron.

«¡Estas lluvias me tienen muy preocupada, Luis Felipe! », -le advertía Adriana a su esposo un diciembre oscuro que opacó a una Guaira que despertó días más tarde sepultada en peñascos y arenas que la lluvia le había arrebatado al Ávila. La casa de los Mijares había perdido más de la mitad del terreno y un miembro muy apreciado de la familia. Lo que los venezolanos todavía conocen como la Guaira pasó a ser un estado, Vargas. Los hermanos Mijares se encargaron de restaurar lo que pudieron en la casa de Galipán, y cada mes se reunían ahí a recordar las veces que su padre, Luis Alberto Mijares Waltz, les contaba sobre las vivencias de los Luis que les antecedían.

Luis Felipe sobrino nunca se lamentó por haber tenido solo una hija, pero muy en el fondo le costaba no sentirse culpable por no haber podido traspasarle a otro Luis la tradición que había nacido hacía más de cien años en una familia y que sin intención alguna había sabido mantener. Su hermana mayor nunca tuvo hijos. La segunda de sus hermanas dio a luz a dos varones que entrenaron para que fueran los mejores beisbolistas de su generación. Adriana se aburrió de vivir en los Bloques de 10 de Marzo y después de que quedó embarazada, le pidió a Luis Felipe sobrino que aprovecharan para mudarse a la Colonia Tovar. Luis Felipe lo consultó con su hermana, que solo bajaba a la Guaira para reunirse con sus hermanos en Galipán, ella, como era de esperarse, les comentó que era lo mejor que podían hacer. Vargas seguía literalmente bajo tierra y un bebé no podía llegar al mundo en tales condiciones. Luis Felipe renunció a su trabajo en una de las aduanas del Puerto Litoral Central y se fue definitivamente con Adriana a una de las casas de los Waltz en la Colonia Tovar. Su hermana, la esposa del beisbolista, bendecida con el talento de sus hijos, emigró tras conseguir que uno de ellos fuera admitido en una universidad extranjera gracias a una beca deportiva.

Los Mijares empezaban a reducirse. El 2002 le trajo a la menor de las Mijares recuerdos similares a los de 1994, que le invadieron el cuerpo de terror y la cabeza de incertidumbres. « ¡No puedo, Luis! ¡De verdad, no puedo quedarme! », -fueron las palabras de despedida que recibió Luis Felipe sobrino a cambio de un -« ¿Segura que no te quieres quedar? »- después de que la voz de una mujer indicara el abordo al avión que trasladaría a la angustiada hermana a Europa.

«¡Los únicos que faltan somos nosotros, Luis Felipe! », -reclamó Adriana en abril de 2013, impactada al ver a su hija de casi catorce años pegada al televisor lamentando resultados que una niña ni siquiera comprendía una generación antes. Luis Felipe Mijares Waltz sobrino, último de los Mijares, dio la discusión por terminada y dispuesto a mantener viva la tradición del primero de los Luis Mijares, esperó la oportunidad perfecta para regresar por última vez a la casa de los Mijares en Galipán, allí estuvieron por al menos dos o tres días más esperando que el día de su partida por fin llegara.


Los boletos de viaje indicaban que debían apresurarse al Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar para tomar un vuelo que primero haría parada en La Guardia, Nueva york. Una voz nada familiar les decía en inglés que el vuelo a España ya estaba próximo, los Mijares continuaron con su ruta hasta que después de varias horas llegaron a Barcelona. No había parientes ni contactos. No había nada familiar más que el idioma que seguía chocándoles un poco. Había de todo, pero no tenían nada. Luis Felipe sobrino miró la Fuente de la plaza de España con tal detenimiento que se perdió entre las líneas de los arcos por un momento y en un intento por recuperar los ánimos que él mismo daba por perdidos, se puso de pie, de frente a su esposa e hija: -«¿Ya conocen la historia de Luis Mijares, el español que zarpó al nuevo continente a mediados de 1800, sin nada en el bolsillo, sin familia ni pasado, sin nada más que estrategias de supervivencia y esperanzas? », -les dijo mientras se acomodaba la niña a un lado de la plaza interesada en la charla, -«Pues, bien…»-, continuó Luis Felipe Mijares sobrino con la historia del español aquel, indetenible y sin aburrimiento alguno, que fue pasando de generación en generación, incluso a sus nietos que más Mijares que guaireños se sentían, y que a través de las repetidas, y a veces inventadas anécdotas, fue mostrándoles a sus oyentes lo bonito de La Guaira y Caracas en una narración cargada de sentimientos que se enredaba con un recuerdo que le rompía el alma; Luis Felipe recordó que mientras miraba desde la ventana del avión, las montañas que cubrían el litoral se perdían en la distancia sin perder la esperanza de que alguna le hablara y le pidieran que regresara a Galipán, donde la solitaria casa de los Mijares seguía esperándolos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Fall

Winter’s come unexpectedly. Yeah. Here it is. Timid and reckless, telling me I have to cover up and stay still. Winter never comes alone, except this time it did. I don’t know why, but I feel unable to ask. Winter’s moody. I must confess, there are times when I miss it, and when I see it, I have that satisfaction everyone feels once they get what they’ve desired for long; other times it’s weird. Winter can be harsh if it wants to. Or if it has to. Winter is older than me. We met long ago. I remember that time. It was Summer’s farewell and Winter was on a mission, it was determined to attend and wish Summer a happy travel. Sad day, though. Summer was into stars and eclipses. That night I was told the Moon and the Sun were planning to meet like they hadn’t done in millennia, a fact that remains a mystery since no one actually got to see it. There were stars for sure. Winter looked up at them and stared. Stared. Stared. It didn’t move expecting Summer to give it a reason for not waiting. Summer knew it’s always tough for Winter to show up, but the stars distracted it. I reckon the stars wanted the attention of the four of us indeed. I looked up as they moved from left to right and backwards. They gave us the impression of coming down to us. See? I can describe it so easily, but recalling Winter at that time, rushing carelessly to tell Summer goodbye is almost a shade. Then, Winter showed up, less white, bluer, tired and excited. I passed out without noticing for some years due to the impression. Not even Spring got away with it. I can’t tell exactly what Spring did, but after Winter decided not to wait for Summer any longer, Spring and I met and then it told me it was as absent as I was. “The ice age`s gone!”, screamed the Moon when it saw me yawning and moving. I realized time had passed over and things were definitely different. There was a greater connection between Spring and me. I looked for Winter. I wanted to see it. Winter had looked for Summer. Spring grabbed me harder than anyone had ever done, shocked and desperate. Spring needed to give Earth life back. It did. I helped a little unfocused. Winter faded away. Spring spent days of agonizing joy and celebration, making me go distracted unaware of what surrounded me. One night I saw the Moon crying, and you know when the Moon is crying because nights get wet and the seas uneven, waves grow taller and aggressive. It expands. The Moon cried long and long. I’m shy. I was concerned. The Moon noticed me and blew me a kiss. No hugs. No smiles. A kiss. A single kiss means nothing when there’s neither hugs nor smiles. A single kiss is a sign of depression, confusion, and betrayal. A single kiss is sometimes a sign of pitifulness. I don’t accept pitiful kisses. That’s for losers. The Moon had a great loss and that’s why it cried. It waited till Spring had completely gone to tell me a story about an evil friend who stole love from it. The Moon has only been in love with one in particular. It reminded me of myself. I’ve only loved once and one. The Moon knew Spring loved eclipses and had planned to make one with the Sun, so one night it tried to turn darkness into a bright day joining the Sun, but all it saw was a weak Winter sending ice flakes to outer space, heartshaped flakes turned into magical drops impossibly caught by the Sun which actually evaporated them. It was magic to them how ice ended up all as gas.  Winter lost it strength after so much interaction with the Sun. It almost vanished, so the Sun would rather back off and let Winter heal. Winter accepted and rested. The Moon told the Sun about its plans and the Sun found them magical as well. They did it. They eclipsed us. What a wonderful union it was for us, not for Winter. Days and nights became hot and dry. The Earth got sick and Winter seemed careless. How wrong was I. I was hopeful. I expected Winter come and hug me, kiss me with a smile, but no. Winter’s come unexpectedly. Yeah. Here it is. Timid and reckless, telling me I have to cover up and stay still.



Millán, Randold. 
A los 6 días del mes de mayo. 2015.

lunes, 14 de octubre de 2013

Vivir Soñando

                Después de cerrar tus ojos, una dimensión nueva te abre sus puertas cual si fuera la entrada a un nuevo mundo donde el único capaz de llegar a sentir algo no es otro sino tú mismo. Todos los demás a tu alrededor hacen cuanto y como te plazca, todo lo que te rodea toma forma según lo que desees y no según lo que ambicionas. Es por eso que muchas personas prefieren dormir que salir de sus casas, porque sus deseos son necesidades del alma, mientras que sus ambiciones, por el contrario, son egoístas y urgidas.
                Después de cerrar tus ojos, los latidos de tu corazón y las agallas de tu cuerpo detienen cada hecho que no puedes evitar mientras tus ojos se mantienen abiertos, pero la realidad es otra, pues en un sueño nada logra herirte tan fuerte ni dolorosamente como en la vida real.
                Vivir a través de los sueños es de hecho la mejor forma que tienen los seres cursis y apasionados de vivir y mantener sus esperanzas vivas cuando quienes ellos más aman viven a distancias incalculables, cuando esa persona, tan amada como nunca antes lo han sentido, se encuentran fuera de vista, no hay nada que se pueda comparar a la sensación de abrazar la almohada y darle un besos de buenas noches y pretender que se acurrucan mientras le susurras al oído todo tu amor. Por estas razones, es preferible cerrar los ojos y reír inocentemente mientras tu corazón acelera frenético.
                Luego, cuando ya le has dicho todo lo que guardas dentro de ti a ese verdadero testigo, inevitablemente caes rendido ante el sueño e innegablemente ante el amor. Ese es de hecho el proceso que traza el camino que nos lleva a Utopía, ese lugar en nuestras mentes que nos presenta una cantidad incalculable de perfecciones; un lugar donde la persona que amas, o que aspirar llegar a amar, se encuentre esperando por ti.
                Mejor Utopías que la distancia real y demás obstáculos.
                Además, no deberíamos considerar la almohada como el único pañito de lágrimas húmedo puesto que la música, a su vez, atraviesa cada capa dérmica de nuestro pecho en busca de los nervios más débiles, y te das cuenta de que los alcanza cuando de manera irónica, mientras vamos rodando a cualquier lado, soñando despiertos, esa canción memorable suena en tus oídos, y sin importar si la canción está sonando de verdad o no, su melodía seguirá en ti. Esa canción que te obliga a cerrar los ojos recrea Utopía en ti también.
                Y luego la perfección.
                Y luego la sonrisa.
                Y luego los momentos más duros para los novatos como nosotros: determinar si lo que estamos sintiendo es verdaderamente amor… u obsesión… o un amor en desarrollo… o una atracción enredadora. Hasta ese punto, tu corazón y cerebro empiezan a batallar, a combatir, y el único acuerdo que consiguen no es más que un nombre en común, un rostro en común. Entonces cierras tus ojos y sonríes, así como lo estás haciendo ahora, porque sientes tanto a tu corazón hundirse como a tu cerebro acelerarse; cierras los ojos y respiras profundo, tanto como puedes, y piensas en la canción, y un toque de admiración a ese ser querido crece en ti porque en el fondo sabes que en algún lugar del mundo hay alguien cuya admiración por ti crece de la misma manera.
                Después de abrir tus ojos te das cuenta de que el único camino en frente de ti no es otro sino el de la realidad y de una u otra forma la del dolor, el dolor de no estar donde perteneces ni con quien perteneces. Te esfuerzas solo por mantener las esperanzas y esperar por la hora de dormir o por el momento de paz de manera que puedas conseguir, o por lo menos creer que conseguiste tranquilidad. Entonces las obligaciones y la vida te gritan que despiertes y te mantengas levantado para que puedas pensar… no, para que puedas creer… no, para que puedas vivir. Y así comienzas a preguntarte y preguntarte qué es la vida si el panorama real, si el tacto y la pertenencia no te garantizan el mismo grado de sensibilidad y sensación que sí te da el subconsciente mientras duermes; te preguntas y te preguntas hasta que te das cuenta de que lo único que haces es andar sin rumbo fijo: caminas pero no alcanzas el horizonte. Excepto, cuando sueñas, todo lo que deseas está ahí donde quieres… tan real y tan cercano. Después de abrir los ojos, tu corazón continúa moviéndose, pero indispuesto, tu cerebro acelera sin el menor esfuerzo.
                Después de abrir los ojos, lo que realmente te lleva de la mano es la fe. La fe de hacer tus sueños realidad, de sentir la similitud del olor de Utopía, de besar la ternura de los labios de quien amas, de abrazar la suavidad del cuerpo de esa persona distante, de seguir hacia adelante y conocer, de adornar tu sonrisa con una lágrima repleta de emociones y correr tomados de la mano en los parques y puentes más hermosos, y permanecer acostados en la cama más cómoda. Esa fe.
                Después de abrir los ojos, recibes esa sensación que te hala hasta abajo hasta la tierra y te dice que todo lo que acababas de sentir no es nada sino una ilusión, así que la persona en tus sueños, quizás un familiar recientemente fallecido, quizás tu fantasía inalcanzable, quizás alguien que no está tan interesado en sentir lo mismo que tú, esa misma persona, desaparece con la felicidad plena de tu alma.
                Soñar puede ser tan real, tan similar a la vida, que existen muchos como tú, no yo, no nosotros, que están verdaderamente asustados de perder la conciencia y dormirse. Sin embargo, existen esos como tú, como yo, como nosotros, que luchan contra la claridad del día y de la noche para no despertar. No soñar, al contrario, te hace dudar, te hace cuestionar los pensamientos de quien amas, te hace preguntarle al mundo cuánto te sueña esa persona dentro de tus sueños, te hace preguntarte muchas veces cuán fuerte son los sentimientos de esa persona.
                Pero dormir no te causa esas preocupaciones.
                Tú cierras los ojos para triunfar, para acercarte a ese cuerpo que tanto deseas y acariciarlo con cuanta delicadeza requiera, para acurrucarlo desde la espalda hasta el pecho, para besarle el cuello y susurrarle que más nunca te arriesgarás a perder la oportunidad de decirle “te amo”.

                Es por eso que no hay más vida al dormir que al estar despierto, pero indiscutiblemente, sí hay menos dolor. Es por eso que vivir soñando hace que las personas como yo caigan fácilmente rendidos ante el amor e inocentemente mantengan la esperanza de que un futuro incierto llegue. Aunque ese futuro nunca llegue, siempre tendré la alternativa de volver a mi cama, acostarme, agarrar mi almohada, darle un beso de buenas noches y decirle cuán rápido mis sentimientos crecen y más adelante darme cuenta de lo mucho más que soy capaz de vivir cuando sueño que al estar despierto. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Living through dreams

             After closing your eyes, a new dimension opens its doors to you like the entry of a whole new world where the only one capable of feeling a thing is you yourself. These other ones around you do as you want and please. Everything that surrounds you becomes as you wish and not as you want. That is why most people would rather sleep than go out, because their wishes are heart-needed, but their wants, on the other hand, are selfish and urgent.

            After closing your eyes, your beats and guts call off every fact that open-eyed life provides you with, but at the very end, in a dream anything gets to be as hard and painful as in real life.

              Living through dreams is actually the best way corny people live and hope when their loved ones live far from them. When that person they love like they had not before is out of sight, there is nothing like grabbing the pillow and kissing it goodnight pretending to cuddle and ear-whisper him or her all your love, so you would rather close your eyes and innocently smile while your heart rushes frenetically.

          Then, when you have already said all you keep in your inside to your very witness, you inevitably fall asleep and undeniably in love. That is the process that draws us the path to Utopia, that place in our heads that introduces us an extreme amount of perfections; a place where the person you love, or at least long to love, stays and waits for you.

                Better Utopia than actual distance and other obstacles.

               Besides, the pillow would not be the only tear-wet handkerchief since music blades our skin layers in search of our weakest nerves. And you know it happens when ironically going on a ride day-light dreaming that reminder song plays on to your ears. Even when there is no music at all and yet the song rings on you. And that song, having you closed-eyed, recreates Utopia in you again.

                And then perfection.

                And then smile.

                And then the hardest moments for rookies like us: to determine whether what we feel is love. Or obsession. Or growing love. Or improved attraction. At this point your heart and brain struggle, fight, and the only agreement they get into is not further than a name, a face. So you close your eyes and smile like you are doing now because you feel both your heart pounding and your brain accelerating. You close your eyes and breathe as deep as you can and think of the song, and look to him or her, because you also know there is someone out there who looks to you as well.

                After opening your eyes, you realize the only path in front of you is reality and somewhat pain. The pain of not being neither where you belong to nor who with. All you try doing is to hope and to wait for the night time or peacefulness in order to be, or at least feel happy. Then duties and life tell to wake up and stay up so you are able to think. No, to believe. No, to live. Thus, you wonder what life is if actual views, touch or belonging do not provide you with sensefulness just as the unconsciousness of dreaming. You wonder and wonder until you realize all you do is freeze wander. You move, but you see no goals. But when you dream, everything you ask for is there, so close, so real.
                After opening your eyes, your heart keeps moving, but unwilling; your brain accelerates, but motionless.

                After opening your eyes, what really takes you on the hand is faith, the faith of making your dreams come true, of smelling the similarity of Utopia, of kissing the tenderness of your loved one’s lips, of hugging the softness of that distanced-person’s body, of moving forwards and meeting, of blinging your smile with an emotion-filled tear, and run by his or her hand through the most beautiful parks and bridges and laying on the most comfortable beds.

                After opening your eyes, there is that sensation that drops you down to earth and tells you that what you just felt was nothing, but illusion, so the one in your dreams, perhaps your latest late relative, perhaps your unreachable fantasy, perhaps someone not interested in feeling what you do, that same person vanishes with the happiness of your soul.

                Dreaming can be so realistic, so similar to life, that there are some of you, not me, not us, that are really afraid of losing consciousness and falling asleep.  However, there are those like you, like me, like us, that fight day and night lights so hard to not wake up. Not dreaming, on the contrary, makes you doubt. You hesitate about the other’s way of thinking. You ask the world how much the person in your dreams, dreams with you. You ask several times how strong the feelings of that person are.
                But sleeping does not worry you that much.
                You close your eyes to succeed, to get closer to that body and cuddle back-forth together, to kiss the back of his or her neck and whisper that no longer will you ever miss a time to say “I love you”.

                That is why there is not more life in dreaming than being awake, but there is by far less pain and hurt. That is why dreaming through dreams makes people like me easily love and naively expect with a non-apparently future to come. Even though it never comes, I will always have the one alternative of turning to bed, lying down, and grabbing my pillow, kissing it goodnight, and telling it how fast my feelings grow, and consequently realizing how much more I live when thinking than wondering around.



        

Millán, Randold.
A los 19 días del mes de septiembre. 2013.