R. M. Millán

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Migrar hacia adentro... o inmigración (monólogo)

Crear una crítica real de los que somos sin que parta del reflejo de una queja, de una decepción sino de la necesidad de crecer por fin.


El mundo está siendo bombardeado. Punto. Lo pueden entender literalmente: países que se atacan entre sí, algo que no ha cambiado en años; pero las armas que arremeten contra la esencia de lo que somos las hemos construido en talleres del corazón y el resentimiento.

¿Por qué es tan complicado amarnos? Porque todavía no hemos aprendido a amar a los demás.

Migrar hacia adentro es un desplazamiento desde el plano físico al plano real. Entiéndase por plano físico la plataforma que me sostiene: el ego, la negación, la incredulidad, el chalequeo; entiéndase como plano real el vacío sin nombre que nos apadrina: la identidad oculta de nosotros mismos.

Empecemos desde lo macro para que lo micro no sea necesario explicarlo: soy venezolano, mi plano físico es el Salto Ángel, ese lugar que nunca he visitado, pero alardeo de amo y señor por todo el mundo, mientras que mi plano real es una arepa, mi alimento, lo tangible, lo que llena y me nutre en realidad.

Si yo me separo de mi plano físico empiezo a entender la felicidad mucho mejor, porque es la mía la que encuentro. Me alegro por la felicidad del otro, por supuesto, no siento envidia de quien es feliz, pero sí me genera duda no encontrar la mía. Y, pues, si tapo todo lo que soy con la inmensidad del Salto Ángel, entonces cómo me encuentro si me obligó a reflejarme en algo que, en verdad, no soy.

Aceptarse como individuo es tarea difícil. Nadie está preparado para enfrentar la soledad desde ningún plano. Solo los que estamos obligado a vivir en soledad, las aceptamos con el tiempo, la respetamos. La soledad no es un capricho, es una lección, es una sombra de la adultez. No es un regalo ni una fortuna, hay que saber entenderse dentro de la soledad para no confundir los deseos animales con nuestra capacidad de sentir. Estar solo es un dilema eterno, porque cuando cierras los ojos, cuando ves hacia adentro, cuando te encuentras en ti, notas que llevas toda la vida viviendo solo.

Un ejercicio: ¿cuántas personas tienes que juntar para confesar que lo has dicho todo? No sé si entiendes mi pregunta, así que la reformulo: ¿Lo mismo que "tu mejor amigo" sabe de ti es lo que sabe tu mamá, tu primo, tu hermano, el del café cuyo nombre no recuerdas? Y de todas las cosas dichas, ¿Cuántas fueron verdades consolidadas y no expectativas de lo que te creías capaz?

Así empezó mi viaje hacia mí. Al principio tuve miedo porque creía que era algo egocéntrico. Y sí, eso fue, estaba viajando al centro de mí mismo (el ego). Muchas veces creí que estaba mal, hasta que entendí que no sería nunca capaz de ayudar a alguien si no era capaz de ayudarme a mí primero. Los gritos más fuerte de auxilio que he escuchado vinieron de mí mientras dormía. ¿Cuántos de ustedes se han escuchado mientras duermen? Así de poco nos cuidamos y nos valoramos. Pasamos una vida entera complaciendo atorrancias que nos acostumbramos a tenerle miedo a fallar, a equivocarnos, y cuando se nos agotan las municiones, culpamos a Dios.

Cuando dejé de culpar a Dios de los fracasos anticipados que cometí, me detuve, cerré los ojos y ahí encontré el camino. ¿Quieren saber qué encontré mientras me fui adentrando en mí? Que soy un chico con muchos miedos e inseguridades en el exterior, pero por dentro soy valiente. Me quedé con eso y sin darme cuenta, cada vez temo menos. He descubierto que la muerte me sigue quitando el sueño por fuera porque nunca llegaré a las dimensiones que recorro por dentro. De esa forma nació mi interés por conocer lugares del mundo y no las opiniones de quienes quieren acceso a mí.

Hay otra cosa importantísima que descubrí un día mientras hacía parada hacia mis adentros: yo creí por largo rato que la gente ya no me importaba, y no: me importa la gente y mucho, pero la gente que me importa ni siquiera lo imagina, y es que no tienen que saberlo. Mi prioridad no es que ellos se satisfagan de mi interés hacia ellos sino de lo que yo recibo de la gente que no me hace saber que soy importante para ellos. Si el mundo está lleno de gente buena o mala, eso no me importa, Dios no me hizo para ser juez de valores; pero si puedo calmar mi sed para hidratar a alguien más, sabré que estoy haciendo algo importante de verdad.

Esta es mi fuente de hidratación para ustedes. El verdadero migrante no salió de su zona a competir ni pasarla mal, eso es algo que pudo haberle tocado sin moverse de donde estaba; el migrante que regresó sin haber cambiado su perspectiva del mundo perdió su viaje, el que llegó criticando al que lo rodea, perdió su viaje, el que vino a darnos lecciones de vida, perdió su viaje. Puedo apostar que llegué más lejos viajando hacia adentro de mí que aquellos que llegaron a la luna y volvieron. Porque la meta no es quedarse o regresar, es crecer y ayudar.

¿Ahora les pregunto? ¿Cuántos de ustedes dejaron de oírme por un instante porque, inconscientemente empezar a viajar por dentro con los ojos abiertos? Y para eso no les hace falta renovar pasaporte. Ese intento de viaje inicio solo, pero nadie acá se sintió abandonado en esa soledad. A eso me refería antes, eso es aceptar la soledad con madurez, porque no tienen que abandonarte para conocer la medicina del amor propio. No hay que ser autocompacientes y arrinconarse de la lástima, no. Se trata de llegar adentro, de sentarse en el piso de nuestra vulnerabilidad y mirar, en realidad, hacia afuera.

Recuerden ahora, todos, que para migrar no hay que mover los pies sino la conciencia.

 


Cuento


¡Silencio! 

Ahora que por fin dejaron de hablar, aclaro que soy huérfano e inmortal, aburrido del mundo y su necesidad por acreditarse orígenes al azar. ¡Me han bautizado de tantas formas, que he llegado a dudar de mí mismo! Me moldean caprichosamente, me halan del pelo -si es que alguna vez tuve- para pavonearse de haberme como modelo entre cuadros y líneas. 

La verdad es que soy huérfano e inmortal, tan antiguo como para revelar cuán hijo era Cristo de su Dios. Si soy hijo del mío, entonces eso no nos convierte en hermanos... Quizá primos lejanos. Pero, conmigo eso no ha menester. Ya quisiera yo que el mundo me respetara de la misma forma, pero me creen tan suyo, que ni siquiera consideran mi antigüedad. ¡Sin mí no hubiera humanidad! Deberían llamarme su dios, mi omnipresencia me caracteriza; así afirmen conocerme, son calumnias y nada más... 

Espero no incomodarlos con mi precisión, pues, soy de los que no divagan entre adjetivos impuros ni planta banderas divisorias. En cuanto a ustedes, ¡llámenme por mi nombre y no se mofen de apellidar partos de ficción!

martes, 14 de julio de 2020

MESES DE UN NUEVO SENTIR: NEUTRO

El transcurso del día ha sido agradable, tranquilo y repleto de voces infantiles corriendo los pasillos del barco. La noche se ruborizó de tantos elogios y no veo ya las estrellas. Hasta en eso he sido imprudente y apresurado. Quizá me ha pasado como en veces anteriores, le he hecho creer que mi manera de admirar es, por el contrario, un gesto de sentimiento profundo. Me pasa con frecuencia, lo que en ocasiones se convierte en una tortura porque alejo de tanto hablar o admirar.

Tanta ha sido la vergüenza de esta noche que ha llovido con vientos violentos, las cortinas impermeables no han subido sino un par de veces que de nada han servido. Me escabullí a la proa y ahí observé una luz titilante que me levantó los pelos de la piel y me robó la sonrisa. Al final, como en muchas de estas escenas, terminó siendo un espejismo provocado por mis mismas ganas de ver las estrellas; una lancha de pesca nocturna navegaba en calma mientras mi barco sigue acercándose a Manaos.

El cielo sin luz es como yo sin tintero, un papel poco útil que espera adornarse con maravillas y nuevas formas de seducir.

La luz no solo entorpece los planes de la inquieta oscuridad, también canta melodías que lleva tiempo descifrar y, más aun, comprender. La oscuridad es buena para los desvalidos. Cuando tenemos penas que llorar y pasar desapercibidos, la oscuridad se vuelve una habitación de bienvenida, pero por el único costo de entregarle lágrimas, cristales de sal humana con las que construyen minerales en sus paredes mohosas; la oscuridad colecciona melancolías que endurecen con el tiempo, no se evapora sino que asfixia las esperanzas. Eso es lo que siento ahora que no veo el cielo con su traje de lentejuelas.

Me han dicho que mañana llego a mi destino a las dos de la tarde, y sé que una parte de mí sentirá despecho por no volverse a encontrar con la antigüedad mejor conservada de nuestro planeta. Voy a abrir un nuevo archivo en mí que estará dedicado a las miles de formas de extrañar lo ajeno, lo que nunca me perteneció así siga sintiéndolo mío. Es que a fin de cuenta, nadie me lo arrebatará porque nadie me negó nunca la propiedad que hoy reclamo por derecho.

El cielo se me ha perdido como la aleta fugaz de una tonina que pasó frente a mí mientras esperaba la cena, como la anaconda que esquivó el motor, como las aves que nos miran desde las ramas donde anclaron sus nidos... serpenteando mientras nos movemos, también se pierde el camino del ancho río, se pierden las risas, pero nunca los pasos que se hunden bajo el agua tormentosa. Un recuerdo bien guardado no quedará a merced de los curiosos, quedará donde criaturas fieles entreguen sus vidas por conservarlo para siempre.

El cielo no es más misterioso que el agua del río ancho ni la del amplio mar, pero sí más enigmático y romántico, es más vulnerable a ser atraído muy a pesar de sus centinelas; el cielo no es una princesa prisionera del destino, es un alma tímida que prefiere alejar lo que sea que pretenda penetrar su armadura de cristal.

No me ha quedado de otra que resignarme y apoyar el cuerpo en la balanza de esta hamaca humilde que me abraza y protege del frío más limpio que alguna vez volverá a limpiar mi interior, me acostaré a imaginar y caer en cuenta de que por dentro ha despertado la voz que mejor habla en mí, la que narra lo que otros viven, lo que mis ojos viven, lo que mi corazón vive.

martes, 23 de junio de 2020

MESES DE UN NUEVO SENTIR: DÍA CUATRO

Hoy, el día también es diferente, creo que el más frío hasta ahora, quizá por la lluvia prolongada de ayer. Cuando miro a tierra firme, una película densa de neblina me impide llegar a la nitidez de los árboles. Es extraño sentir frío y calor al mismo tiempo, la humedad de la selva te arropa la piel, lo que está bajo la ropa suda sin dejar de erizarte del frío. Si prestas menos atención, culparías al navío, te declararías enfermo de rutas marinas, pero yo no sufro de mareos, no hay velocidad ni oleaje suficientes que desestabilicen mi cordura.

Un par de extraños al que me acerqué hace dos noches ha estado compartiendo su desayuno conmigo, un colombiano -diría yo que promedio a mi edad- y una trigueña de buen español y portugués, nacida en Brasil; y además de comida, se comparte besos.

Sigo insistiendo desde mi hamaca por encontrar tesoros vivos en tierra firme, pero apenas y veo troncos largos y delgados que simulan rayos capturados por el tiempo, estáticos por los próximos miles de años.

Espero con muchas ansias llegar a casa de mi familia, descansar y, seguramente, hablar de los viejos tiempos, los que vienen y lo mucho que han crecido los niños, salir a conocer gente sin llevarme un mal recuerdo de este país; quiero mantener esta castidad pasional para seguir devorando las partes traseras de las copias de mi documentación. Espero encontrarme con la gracia de varias ciudades del mundo y muchos embajadores de la buena voluntad que se sumen al repertorio de esta narración encendida con los motores del verdiblanco La Esmeralsa que me ha devuelto el espíritu.

Y si mi instinto no me miente, es probable que en un futuro cercano regrese a convivir con una tribu indígena que no sienta rechazo por la civilización.

En medio de tanta maquinaria y desarrollo, mi alma también se había convertido en acero.

Viajar es una experiencia hermosa, sí, pero puede hacerte perder la cabeza como cualquier otro tipo de hermosura. Siempre digo que viajar me rejuvenece, ahora, lo que creo es que me devuelve tanto la felicidad que me hace más sabio, menos extrovertido aunque más confiado, también más precavido. Viajar se ha convertido en una forma de perdonarme, es un santuario donde no se encienden velas, es más que un acto, es un lugar de reencuentro y me complace haberlo descubierto. Así sea para muchos una gran estrategia para ensanchar sus cuentas -bancarias o sociales- para mí es ya una inversión de tiempo, el banco donde deposito mis pecados, donde rindo cuentas a Dios; la factura de todo esto queda a merced de mis sentidos, que al combinarse con mis recuerdos, crean fantasías de realidad donde el tronco de un árbol se disfraza de blanco para parecer un rayo dentro de la tormenta, aquí en medio de esta calma, por ejemplo- también pudiera decir que me ha servido para comprender que una lengua no es una barrera como la describen sino un segmento divertido de un juego donde armas los rompecabezas más interactivos de la humanidad.

La calma que me da saber que regresaré a la cotidianidad del caos al que pertenezco es bastante desalentadora, pero me da el motivo más suficiente para construir una brecha amazónica en mi vida dentro de la civilización. No soy capaz de señalar a "los avances de la humanidad" por mi distracción, culpo más bien a la costumbre de la premura que me lleva por un camino directo al vacío de mi tumba.

No quiero acostumbrarme a nada sino a alguien que acepte por normal mi escasa cordura, que se una a mis cuentos de hada para desaparecer juntos en la perfección de estos jardines rociados con polvos del universo. Si hay alguien más así, sepa que no está solo, que estamos ocultos como la magia que hace realidad nuestros deseos.

Y aunque esté a horas de culminar con esta terapia, estaré siempre a un segundo de volver a perder el rumbo como me ha pasado antes y como también les pasa a ustedes.

jueves, 4 de junio de 2020

MESES DE UN NUEVO SENTIR: DÍA TRES

Siento que me estoy obligando a trasladar mis sentimientos a otra cámara solo para parecer justo, menos culpable con quien hoy ocupa un lugar privilegiado en mí. Para apaciguar el crimen, estuve preguntándome si volvería a hacer este viaje y me respondí que en compañía sí, que lo haría sin problema, aunque no sé si solo, de contar con las herramientas que ignoré la primera vez, creo que sí; cada vez siento más tranquilidad, incluso en mi cuerpo veo reflejados los efecto de la calma, mi mente se ha organizado, mi piel se regenera y han sido días en los que no me ha agobiado la adicción sexual, que ya empiezo a creer que no es tan adicción sino otra de las mentiras que mencionaba ayer.

Desde mi hamaca, la baranda superior oculta la línea de un horizonte salvaje, la abertura de abajo me muestra el plateado tranquilo del Amazonas cual lámina de hielo quieta bajo la inmensidad del cielo azul. Descubrí rostros de criaturas fantásticas, animales milenarios e invenciones en el molde de las nubes. Por supuesto, miré de nuevo las estrellas que traspasaban la superficie del agua. Recuerdo que antes de dormir, le pedí a Dios que me concediera un momento a solas con su hijo Jesús para que me mostrara en una escala de peor a menor mis fallas humanas, le pedí que fuera muy claro para saber cómo trabajar en ellas. Caí en un sueño profundo que no recuerdo. Desperté con la idea de que debía sentarme a escribir algo a quien me acompañare en mis aventuras de amor. Aquí me encuentro ahora pensando en las miles de cosas que pudiera decir, pero no es eso lo que quiero expresar sino lo que en verdad siento. Y al igual que las veces anteriores, seré honesto sin piezas incompletas que me endeuden con la mentira ni la cobardía de no hablar:

Lo que siento es tan diferente como la lluvia que hoy cae, se puede ver y tocar porque entre nosotros no hay barreras físicas que lo impidan. La fragilidad de esta relación existe desde su inicio, oficializamos apresurados algo que no tenía nombre aún porque otro nombre seguía pronunciándose. Siento, antes que todo, admiración y rangos de compatibilidad, algunas malinterpretaciones, además de ganas de descubrirnos y enseñarnos; siento el mayor compromiso de lealtad que alguien hubiera depositado en mí y eso construyó un legado de simpatía que se fue convirtiendo en cariño y amor. No es la mayor fuerza de amor que me haya tambaleado, pero sí la certeza, la honestidad, la transparencia en alguien que me oxigena las esperanzas y me hace creer en el futuro, en las metas, en todo lo que pudiera imaginarme. 

También siento compatibilidad, creo que se convirtió en la lucha más exigente y por la cual todavía sangro, me da placer derramar este tipo de sangre por 'un nosotros eterno".

Por último, siento que no hemos sido justos ni balanceados, no por mala intención sino por creernos dueños de la verdad. La relación pasó a un segundo plano, nos enfocamos apenas en simples intereses, nos unimos por un propósito material, o espiritual, y sin querer, dejamos que el resto de nuestras plazas cayeran en un sueño más profundo, tanto que parece que hubiéramos dejado de sentir. Pero una relación no está viva solo cuando se sonríe, también cuando se llora, una relación palpita... y, al menos para mí, ese es el pálpito que ahora me sacude el corazón, el de la desesperación por despertarnos, de animarnos a volar más alto de lo que mis pies hayan alcanzado sin que haya necesidad de comparar, que sea evidente y se pueda celebrar. Eso siento, ganas de no perder lo que tengo ni lo que siento; eso siento, desespero por tanto luchar y nunca encontrar la tregua. Eso siento.

miércoles, 3 de junio de 2020

MESES DE UN NUEVO SENTIR: DÍA DOS

Tuve un despertar literario, como me ha venido ocurriendo durante el mes de diciembre. Cuando escribía, pensaba en mi forma de sentir y en quien merece lo que siento, la culpabilidad de no corresponderle a quien más ha luchado por eso. Me hizo bajar la cabeza en un instante cuando admiraba las estrellas. Sentir cosas buenas también da malos resultados, pero he dado hasta lo que no tengo por ser fiel en mi manera de querer. No he dejado de querer, pero recordé que no es imposible reconstruir formas de amar. Todos merecemos, necesitamos experimentar las incongruencias del corazón así vengan por caminos improvisados. A primera lectura parece que hablo de alguien y que a ese alguien amo... la verdad es que no. He aquí el mayor de los dilemas, comparto la vida con alguien que se ha empeñado en amar a su manera como si el esfuerzo fuera un mérito emocional; sin embargo, se ha mantenido fiel a esa forma de hacerlo. Hay alguien más que ha puesto resistencia al escuchar de mis labios la certeza que ahora les comparto: "no pretendo fracturar mi relación, nos veo juntos a muy largo plazo". Quien lo escuchó ha hecho resonancia de esto en paráfrasis de prevención que chocan con otra afirmación suya, que tampoco va en contra de lo que confesé ni lo que profeso.

Por un instante, me creí capaz de controlar mis emociones, tanto que hasta lo dije en voz alta. Cuando tomo riesgos como estos, el destino me abofetea, y ahora, en el silencio festivo de este viaje, escucho la batalla campal que me ha desestabilizado por dentro. A pesar de no saber lo que siento ahora, sí se cómo me siento: bien. Me siento bien por mí porque creo que soy alguien que se rinde ante el sentir. Pero, he estado apagado por dentro durante muchos años, he estado refugiado en la incredulidad de haber perdido la vida esperando que alguien sintiera por mí las mismas cosas que he sentido yo por alguien más. También sé que me siento mal; conozco varios niveles de egocentrismo proporcionales a mi generosidad. En comparación, ambas partes hemos sido peligro y daño al mismo tiempo que cura y vida.

Sentir, mucho o poco, bueno o malo, es lo único que le da sentido a mi manera de ver la vida y vivirla. Todo aquel que logre despertarme recibirá mis líneas de desahogo así no las vea o llegue a saber que protagoniza la trama que reposa en sus manos.

Por más que sigo subestimando este viaje, en el fondo sé que era necesario. Una voz familiar me predijo que me encontraría con mi paz espiritual y así fue, la reafirmación más fehaciente de que he despertado por dentro, he transcendido a otros terrenos y sonrío porque me reencuentro con el mismo Dios.

Para mí los días nunca han sido demasiado largos o lentos, ni siquiera estos en los que reposo la cabeza y al cerrar los ojos, miles de rostros con historias fascinantes se cruzan frente a mí. Cuando digo que siento desánimo, no es sino desespero de mi malacostumbrado cerebro. No diré que es este el mejor viaje que he tenido en soledad, pero sí el más largo y regenerador. No estuviera seguro de lo que siento si no fuera por la forma tan rápida en que he empezado a sanar.

Ante la vista, todo tiene defectos; ante el corazón, no hay forma de engañar lo que se siente... ni yo que me he vuelto un experto en autoengaños, he afinado mis tácticas y mi discurso análogo. Nada de eso se compara con la verdad que me estremece el cuerpo a toda hora. No sé si sea capaz de camuflar esta verdad con porciones de mentira u omisiones cancerígenas. Si me permito ser honesto desde ya habrá muchas cosas que cambiar, pero los cambios serán realidades que coincidan con lo que siento así las personas no sean las que ahora me rodean.

Así como el curso de este testimonio me encuentro por dentro, inestable y sin rumbo fijo, son pocos aunque constantes los nombres que en mí se repiten, los que me han conducido a este viaje de reflexiones, de aprendizajes y enseñanzas eufóricas.

domingo, 31 de mayo de 2020

MESES DE UN NUEVO SENTIR: ESTRELLAS DEL AMAZONAS

Siempre he hablado de mi admiración por el cielo y lo mucho que me gustan los ríos. Pues, he descubierto algo que antes no se me había ocurrido.

La primera noche que viajé por el río Amazonas, noté una particularidad que me hizo reconsiderar la magnitud de mi ya comentada atracción, sobre el agua oscura se reflejaba la luz de las estrellas más osadas.

Mi impresión, al inicio, fue más bien incredulidad. Miré a los lados del barco, arriba no porque ahí venía yo, y para mi sorpresa, no encontré luz que coincidiera con la maravilla que me paraba los pelos. Conté siete, en frente de mí se encontraba la más grande, bailaba como una sirena bajo las olas, a veces parecía un cardumen de peces y a los lados, unos cuantos depredadores con menos brillo la acechaban sigilosos.

El cielo no era oscuro ni infinito, era una festividad que me hizo reconsiderar lo que alguna vez opiné de los alumbrados de las ciudades... no pude estar más equivocado. Yo era el pasajero que dormía en el piso, mi testarudez me hizo una mala jugada y terminé siendo el único sin una hamaca donde dormir, pero di tantas gracias a Dios y a sus coincidencias por regalarme el ángulo perfecto desde donde todavía admiro los caminos de luces que parpadean para dibujar callejones temporales. No había luna esa noche. Fue la luz de las estrellas quien delató la silueta de las orillas. Y aunque me duela decirlo esta vez, no hizo falta la luna.

El universo es tan perfecto, que nos llega su perfección a los afortunados que nos tomamos tiempo para admirarlo. La luna se oculta para que otras luces también conduzcan el tráfico de nuestras sorpresas. Cuando la luna se refleja sobre el agua, no hay predadores que acechen, ella es suficiente para estar, no ciega como el sol, pero sigue estando sola. Las estrellas trabajan más en equipo, se solidarizan; sin embargo, después de pensarlo mucho, me da la impresión de que son más bien precavidas, pues estas reuniones no se ven a menudo ni en todos lados, no se ven en el mar, por ejemplo, sino donde pocos las notan. Mientras el sol y la luna se aturden entre sí, las estrellas del Amazonas arman estrategias de conquistas asertivas que incluyen bailes de sirenas. No sé cuáles ni cuántos serán los ríos que permiten estas reuniones celestiales, pero qué suerte la mía haber venido a verlas danzar.

jueves, 28 de mayo de 2020

MESES DE UN NUEVO SENTIR: PRIMERA PALABRA

Sonará a sacrilegio, pero viene de la Biblia. Hace meses tengo un nuevo sentir. La forma en que siento, a la que me refiero, claro, me hizo girar la cabeza. Las cosas venían en un curso normal según la inclinación cómo se veía. No era normal...

Al comparar esta apertura del corazón con mis experiencias pasadas, viajé hasta la primera vez que sentí amor. Ahorita no es eso lo que siento, pero los actos que he llevado a cabo son los más parecidos desde entonces. 

Primero, nos conocimos: la amistad inició como un producto de las coincidencias y las necesidades del surgir; mientras buscaba facilidades de empleo, encontré una amistad que hoy me roba sonrisas. La conversación fue fluida, cortada y limitada. Nos reímos. Los temas no fueron importantes, la sensación no fue importante, la interacción no fue importante. Ni siquiera el momento pareció importante. Pero, al final del encuentro quedó abierta la oferta de una nueva reunión, un menú diferente y más cosas sin importancia. De ahí en adelante, las conversaciones fueron a distancia, cortas y sin importancia. 

Segundo, jugamos: casi un año de sedentarismo me tenía inquieto, la monotonía advertida de una relación sedada me tenía calmado, la oportunidad mínima de salir de tantas ofertas rechazadas me animó a salir de casa. Salimos una noche y no jugamos, yo no podía porque no sé; ella, sí. Jugó y esperé. Entre cada cambio de equipo hablamos de un tema que no se interrumpió. Lo que estaba viendo me importaba, lo que hablamos me importaba. Después del juego, fuimos por el nuevo menú. Después del menú, llegó un postre acordado antes y, que, al final, pretendimos repetir. La despedida en la puerta de mi casa cambió las cosas. 

Tercera y última vez en el año; la minuta: habría empezado con el himno nacional, los otros temas eran excusa... lo importante, realmente, eran los besos, tres besos que estuvieron conformados por, al menos, cien más, los botones no se apartaban de sus lugares, y cuando los obligamos, su desnudez reposó sobre mi velleza. Todo fue desnudez después de eso, horas de desnudez y contemplación del sigilo, el aliento conservaba la temperatura, los abrazos y más besos, que seguían siendo parte de los tres que ya mencioné. El sentir evolucionó en algo mayor cuando, después de contemplar el tiempo y el error, nos dimos cuenta de que también habíamos contemplado la erupción del cuerpo por tanto rato que escaseó en partes que le pertenecían al sexo. Los testigos permanecieron donde debían, la protagonista del momento era la lengua y su gran habilidad para comunicar al hacer contacto con la piel, con los faros de su pecho, los labios recorriendo plazas de la pelvis y luego más abrazos. La minuta cerró con un impulso que no pasaría por esquivo ni por prudente como la primera despedida: el cuarto beso. 

Ese día, todo importó. Desde ese día, todo ha importado. 

Parecerá cliché... el error -y ambos fuimos conscientes- fue ignorar lo que nos advertimos. Ambos tenemos responsabilidades, un par al cual queremos querer, amar y conservar hasta que la muerte nos separe; no queremos mentirnos ni mentirles, no queremos decepcionarlos ni decepcionarnos porque más culpables somos nosotros que ellos. No queremos alejarnos, creo que es lo más honesto que nos hemos dicho. 

¿Cuándo fue la última vez que me sentí así? Cuando fracturé una relación por acercarme al amor de mi vida: había adrenalina, la sentía; había ganas, preocupación e interés. Ahorita hay todo eso, desde la adrenalina hasta el interés. Lo más interesante es que no nos conocemos, las pocas cosas que nos hemos compartido han sido suficiente para corroborar que somos completamente diferentes, con gustos y mañas opuestas... 

Sin embargo, al apartar las lógicas de nuestras incompatibilidades, parecemos tener el mismo objetivo. Tanto así es, que apenas nos permitimos mirarnos bajo la delicadeza de una luz dormida, perdimos el control de muchas cosas que hoy nos dan esperanzas de un futuro terco. 

Recuerdo que: hubo precaución; noté más de tres seguros resguardando el transporte, yo igual le hice vigilia, fui un centinela frecuente que miraba desde mi habitación. 

El único y verdadero acto de penetración fue el del ambar de sus ojos. La sonrisa más nerviosa, una que había olvidado que existía, vistió de inocencia el primer sorbo de ofrecimiento, que resultó amargo y desencantador... nada que un poco de agua no pudiera arreglar. 

El nerviosismo se convirtió en sonrisa muchas veces, luego la ternura y el vacío del sentir que empezaba a llenarse. El recuerdo más claro fue la despedida, una deuda saldada. 

¿Dónde estoy?: Este nuevo estado es un andar impredecible. Lo que hubiera logrado en un contexto promedio, habría sido otro encuentro o más que hubieran acabado con lo que ahora narro. 



lunes, 26 de junio de 2017

EL HÁLITO DE LAS FLECHAS

EL HÁLITO DE LAS FLECHAS
Veintidós años han pasado desde que sucedió esta anécdota que estoy por contarles. ¡Pasen y siéntense donde quepan!, no interrumpan a quienes oyen con atención. Pero, antes de crear falsas historias de lo que iré narrando, recuerden que ella no decidió ser quien es ahora. Mejor esperen el final.

CAPÍTULO I: EL HÁLITO DE LAS FLECHAS
No importa aún cuál fuera su nombre, sino que con los años decidió cambiarlo, después de que una docena de flechas le atravesara el cuerpo. Atrapada de manos y pies imploraba entre dientes piedad y justicia. A los cinco años no hay mucho más que una niña en medio del bosque pudiera pedir, cegada por una venda de ceda sudada y temblando más por inocente que por temor. Movía los labios apresurados mientras acumulaba lágrimas y sudor en su esparadrapo carmesí, y el viento que le levantaba el cabello no enredado en el encaje de su traje nuevo. Ella sabía que esperaban su llanto y gritos, pero, en vez, le hablaba a alguien para que viniera a su rescate.
Doce flechas le atravesaron el cuerpo antes de que sus labios dejaran de implorar en silencio y las fuerzas quedaran desprendidas en las cuerdas que seguían lastimándole las muñecas; ninguna le tocó la garganta, y las únicas dos que le penetraron el estómago se cruzaron por delante del diafragma. Cuando el último palpitar de su corazón tamboreó, se comprimieron los pulmones y desde debajo del pecho se desprendió un hálito de plata fuera de su boca cuyo sonido produjo lluvias y tormentas por noches seguidas. Hasta que la luna llena apareció y la vio perecer, por gracia le dio un beso que la regresaría a la vida con las doce cicatrices de sus propósitos.
Caminó fuera del bosque cansada, famélica, con dolor y desgaste, orientada por la luna hasta la entrada de su casa… la lluvia reposó y los vientos dejaron de amenazar.

CAPÍTULO II: SOBRE LA PRIMERA FLECHA
Que no se entienda esto como masacre de un atentado producto  de una cacería en verano, pues hubo nombre para quien ordenó la tortura y nombre para quien luchó por liberarla.
No importa quién hubiera procurado la desdicha, aunque apuesto que con el pasar de la vida lo irán comprendiendo. Pero sí se dirá quién salió en su defensa y sé que lo leerán sonriendo.
Antes de los cinco años era risueña; después, más bien oscura. No faltaban libros en su mesa de noche ni hojas que entre sus dedos no tentaran cortar la piel. Después de los cinco, le atraían más las historias reales, donde el sufrido alguna vez tiene esperanzas, donde las esperanzas se convierten en tragedia y las tragedias la regresan al inicio de la suya misma. Creció a cargo de una riqueza que los responsables habían descuidado, y que ella, por fortuna y buena crianza, mantuvo en vigía hasta que asumió mayores posturas.
La primera flecha le atravesó la infancia antes que la piel. Es verdad que no la vio venir, aunque sí la sentía aproximarse de la misma forma que sintió aproximarse el abandono de quienes reclamaba suyos. Desde los cinco aprendió a tolerar el vacío de la soledad pero no a resistirlo; podía vivir con él, sí, pero no quererlo. Y es que cuando de querer se trata, no pudiéramos resumirlo en un recuento ajeno. Habrá espacio más adelante para que otra flecha corte en dos las emociones de sus ilusiones.
Uno de sus cuentos favoritos presentaba a una damisela antañona que desvivía por recuperar el amor de un adinerado de hermosas facciones para ayudar a quien ella de verdad amaba a no morir de hambre entre los pobres. Cada vez que lo leía, en sus ojos un brillo especial iluminaba las letras, entonces cerraba el libro con mucho cuidado para no maltratar los riesgos de la damisela.
Llegó a los veintisiete entumecida por fuera, con rostro intimidante y  postura amenazadora; con un interior cálido y una memoria en guerra infinita, y acarreando roles que no le correspondían.
Y como todo ser en este mundo, que mientras más resguarda temores, más llama la atención, salió disparada de su hogar una noche de luna llena al mismo bosque donde había regresado a la vida. ¡Sorpresa más grande la que la esperaba!, respuesta más clara la que opacó todas sus dudas.  

CAPÍTULO III: SOBRE LA SEGUNDA FLECHA
     Desde niña había cuestionado el motivo de las custodias, ¿por qué algo tan hermoso como una princesa debe permanecer cautivo en una torre, por qué algo tan puro como la fe debe resguardarse en un templo, por qué algo tan cierto debe esconderse en el silencio? Cuestionó hasta que esta segunda flecha le impactó la desnudez de su hombro derecho y asoció el frío del metal con la penitencia que hay que pagar por dejar al descubierto tanta verdad.  
Eso fue la tez para ella hasta que llegó a los veintisiete, un diamante intocable perteneciente a un solo dueño, un mapa inexplorado por el cual luchó sin titubeos para que el baúl de su eternidad siguiera refugiado donde solo su dueño podía encontrarlo.
Dejó de cuestionar tan pronto volvió a la vida porque comprendió que hasta las gotas más vitales se evaporan con la angustia del tiempo, que es mejor conservarlas en el despojo de un cuerpo misterioso a verlas formar parte de una nube, que en su despecho arrebata cosechas e inunda mares.
¿Y para qué molestarse en enumerar los atentados originados por aquellos con ambición de conquista por su belleza interior si al final fueron batallas perdidas por banales y desamor? Mejor pensar un momento como ella y dar cabida a la posibilidad de que en el mundo transita alguien más merecedor de tan protegido pergamino, que deje marcas de tintas imborrables, tan duraderas como las mismas cicatrices de su resurrección.
Entre los quince y los veinte años se sintió más cerca de su dueño, y entre los veinte y los veintiséis lo dio por perdido, a veces hasta por muerto, a causa de un encuentro furtivo con una guardia más apacible que la que rodeaba su corazón.      Después de un año resignada, atormentada por la nueva ola de inquietudes, salió disparada de su aposento, directo al bosque espeso que a diario miraba a través de la ventana, cegada por las ansias y el dolor, ¡y vaya sorpresa la que la esperó!

CAPÍTULO IV: SOBRE LA TERCERA FLECHA
El perímetro de su mirador desbordaba huracanes enfurecidos con la lava de los volcanes, erupciones constantes que contradecían las burlas de las olas y de sus mares; cada uno con nombre propio y conducta inolvidable, con etiquetas de premura y mandados coquetos que mejor no despertaran el terremoto doméstico.  
Ella esperaba la puesta del sol para cantarles a los árboles, y se abría una brecha que atravesaba el conflicto detrás de sus paredes; por esta brecha viajaba su himno hasta la noche, hacía bailar las raíces de los fruteros jóvenes mientras las notas susurradas unían en matrimonio a los ramales más altos. La melodía salpicaba en ecos por días y por noches, y ascendía una vez que la luna apartaba las nubes celosas.
La melodía creció descubierta con el pasar de los años y las nubes ya no fueron las únicas celosas. Las rosas que no alcanzaban a mirar por la ventana ahogaban con espinas a los lirios privilegiados con un mejor panorama; en la cocina también ardían más los hornos estimulados por la suavidad de su querer. Los cocineros con manos quemadas imploraban con quejas que algo se hiciera para enmudecerla y no fue sino hasta que el último de los más insensibles estuvo de acuerdo, que planearon callarla con un resfriado letal en medio de la nada.
La arrastraron al bosque, a una oscuridad impenetrable, con los ojos vendados para que no recordara el viaje de vuelta a casa, se reían inescrupulosos para que no escuchara el ritmo del viento; la vistieron de gala para que disfrutara del destierro.
No había suficiente acústica en su mansión para tantas voces que también se quieren hacer escuchar. Por eso atentaron con callar a la que hacía mecer el fuego de los hornos, la que despertaba la vanidad de las rosas, la que emparentaba ramales en el bosque.
Pero antes de salir, se acordó en su beneficio, que si llegaba con vida y voz de regreso, sería libre de cantar hasta que agotara su garganta.
Y así hizo a pesar de su corta edad, regresó desmayada y humedecida, con fuerza suficiente para apenas seguir la luz de la luna y el rastro de aquel niño cuya espalda nunca pudo olvidar.
La tercera flecha tembló antes de penetrarle la calma, y es que resultó ser un reto enorme aplacar la serenidad de una niña que manejaba la tortura como un castigo merecido.
Veintisiete años más tarde también creció en ella la imagen del niño que la acompañó. ¿Dónde ha estado? No es un misterio, es una ilusión. Siempre la ha visto desde el otro lado de la ventana, esperando por ella donde la conoció. Y ella lo supuso así.
Fue cuando se vistió de gala una vez más y se despidió de su habitación, corrió en medio de la noche hacia el centro del bosque donde todo comenzó.

CAPÍTULO V: SOBRE LA CUARTA FLECHA
A los cinco años se supo heredera de lo que ni ella esperaba, mucho menos imaginaba, porque estaba prohibido hablarle de lo que sería suyo después de una muerte lamentada. Más importante era que creciera sin ambiciones que aceleraran su adultez y altivez. Y la dicha de haber crecido junto a quien más veces llamó madre le sirvió para no tergiversar su destino. Tan abundante era su riqueza que no se podía calcular en número sino en renombre y servidumbre.
Cuando la quinta flecha le debilitó las rodillas, no cayó por dolor ni por impacto porque no sabía siquiera que debía doblegarse a tanta herencia. Se sintió la misma teniendo todo y teniendo nada, por lo cual dio gracias a sus veintisiete por haber crecido en eso ignorante.
Para ella había un mayor privilegio que los que adornaban sus paredes de bronce, se trataba del apoyo y lealtad que mostraban los que esperaban por ella al otro lado de la ventana.
Se dio cuenta de cuánto tuvo cuando salió corriendo de la mansión, es que al voltear a despedirse de su pasado, miró con asombro como las paredes devoraban los jardines y los vidrios reventaban el oro de sus marcos. Se guardó la despedida y siguió corriendo hacia el bosque, siguiendo el sonido de un “She” que no reconoció sino al final de esta historia; no sabía si sonreía en medio del llanto o lloraba en medio de la sonrisa.
Así fue como vio que sus ramas ya criaban fruteros, que los lirios le perfumaban el sendero, que las raíces le marcaban mejor el encuentro.
Como había sucedido a sus cinco años, sin recordarlo tan claro como ahora porque en su mente solo quedaba la figura de una espalda que seguía añorando, recordó las raíces, recordó las ramas, recordó los lirios, recordó un sonido también, pero no cómo se había retirado el esparadrapo de ceda; se dispuso creer que el niño aquel le había devuelto la vista cuando se creía en la penumbra de un abandono tan similar a los que ya se había acostumbrado.
Se detuvo un rato y se tocó el hombro, tan solo para darse cuenta de que sus cicatrices empezaban a desaparecer. No era momento de parar, al frente había alguien que ella quería ver.

CAPÍTULO VI: SOBRE LA QUINTA FLECHA
     A sus cinco años percibía el mundo con mucha gracia. Llamaba a las cosas por el nombre que le habían enseñado y hacía reverencias hasta a las mascotas y los empleados. Después de su destierro le costaba incluso mirar su reflejo; se miraba al espejo y, luchando contra su respiración, dejaba de llorar. Decidió que distribuiría su confianza en porciones iguales y temas diversos entre los más allegados, los más interesados y los menos afortunados.
Una quinta flecha que le torció el codo izquierdo sembró en ella una semilla inquietante de desinterés por quienes se servían de su cercanía por querer acercarse a otros.
A los dieciocho estaba asqueada, pero enamorada; deseaba devolver el tiempo hasta el día aquel que por primera y última vez vio la espalda del niño así le quedara una vida entera para amar. Por eso le resultó tan fácil amar a quien más lejos estuviera, porque quienes la rodeaban no tenían más valor que las gárgolas que formaban cascadas asesinas de flores durante las lluvias fluviales.
En cambio, aquel que ella amaba tenía ojos incoloros, porque el pigmento no era otra cosa que un distractor de la verdad; él tenía brazos fuertes para construirle una cabaña de cedro; seguramente no tenía corazón para que nadie lo hubiera fracturado antes; no, su amor era en sí un corazón sin palpitar pues la sangre de su arterias corría a través de las venas de ella. Y por eso eran necesarios uno para el otro. Por eso ella sabía que él también la pensaba y la buscaba, era una obligación.
Aprendió que en su mansión no había seres con agallas pero sí en el bosque. Al frente de sí misma escuchaba la voz de la felicidad hablarle a través del viento. Ella daba vida a lo que vida le retribuía.
Fue así como una noche en el pecho se le aceleró un cantar que tradujo en su voz una canción improvisada. “She”, repetía de adentro hacia afuera, lo sintió tan genuino que supo que él estaba cerca. No dudó, no lo reconsideró sino que buscó entre sus trajes el más hermoso y adecuado para él. No avisó si volvería, en el fondo sabía que no lo haría. Y corrió atraída por el amor. Salió de casa. Entró al bosque. Ahí estaba.

CAPÍTULO VII: SOBRE LA SEXTA FLECHA
La línea delgada que separa la cordura de la perspicacia es del mismo color de la astucia, y astucia es lo que tiñe su mirada penetrante, como pocas otras que te invaden mientras describes pasajes de tu vida. El ámbar de sus pruebas navega entre tus pupilas de la misma forma que atraviesa los vidrios de las ventanas que más la han escuchado entonarse por amor; resbala como miel entre tu delirio y te llega al alma. Así es como selecciona a sus íntimos, sin importar el origen de sus actos ni las coincidencias de sus encuentros, no hay quien se escape de su experimento, una habilidad que se consolida en el tiempo y que declina en tonos más claros u obscuros. ¡Y ya sabemos que con la oscuridad ha tenido bastante experiencia como para recibirla en su aposento!
Su silencio prolongado es temerario, no es de sorprenderse que sean pocos los que se atrevan a socavar su estado externo a pesar de la advertencia de su mutada estadía. Es un elemento de defensa que pocos desarrollan, y muchos menos son los que aprenden a disuadirla.
Es una prueba contundente que la flecha número seis impregnó en sus nervios después de colarse entre sus costillas y el pecho, el espacio más protegido y, por su puesto, atacado. Tócale el pecho y desatará una reacción poco prudente que la hace cuestionar su propia cordura. Pero, qué si no fue eso lo que esta flecha alteró.
Desde los veinte hasta los veintisiete puso en duda si su cordura era ordinaria, era un estado de salud o alarma, y se evaluó hasta creer que debía desistir de volar. Eso sí la preocupó, pues en sus sueños más turbios sintió volar para burlar el mal que la atormentaba, el mismo mal que la había enviado al exilio la abrazaba al despertar y la condenaba al dormir.
¿Sí ven que no es fácil saberse cuerdo cuando crees que el mal tiene posibilidades de actuar a favor del bien?
Pero ella no solo lo cree sino que lo defiende aunque la miren con ojos despavoridos, horrorizados por su lucha de justicia, porque tiene que ver más con lo que debe ser que con lo que es.
¿Y es cuerdo creer que en medio de tanto espacio, en un camino tan amplio y desolado, haya un amor como el que la espera y ella a veces duda?
Fueron horas en la cama las que tuvieron que pasar para que se manifestara en su pecho la respuesta a su más importante decisión: no esperar más.
No esperó aprobación ni compañía sino un acto creado impulsado por su propia valentía. Y llegó a donde tenía que llegar, pero no encontró a quien esperaba encontrar. ¿O sí?

CAPÍTULO VIII: SOBRE LA SÉPTIMA FLECHA
Sería poco necesario profundizar sobre el resultado de aquella flecha que le tocó el pecho sin desprenderle las arterias ni el corazón, ya se ha dicho suficiente sobre el origen de su sentir, el causante de dicha extraordinariez y el empeño interminable por verle el rostro a quien se conformó con mostrarle la espalda.
Que no se diga, pues, que él le dio la espalda cuando en vez se la mostró. Nunca ha estado él en contra de su entrega ni de sus maneras de amar. Jamás se negó a compartir un poco de su amor.
La séptima flecha fue, sin lugar a dudas, el impacto más comedido, la más planeada, la mejor atinada y, por supuesto, la más catastrófica. Pero es que eso es el sentir del corazón cuando batalla por convertirse en amor, una catástrofe que altera los órganos, los sentidos, los músculos, lo vivido, en especial cuando se es tan joven, tan niño y ya empiezas a detectar la presencia de lo que te impulsa a escribir, a drenar, a cantar y a perseguir lo que te pertenece.
Ahora pueden imaginar a esta niña, aparentemente frágil y abandonada, de brazos atados y rodillas firmes hablando entre dientes a quien ella sabía que podía escucharla sin prestarle atención al miedo ni al dolor. Para ella el dolor hubiera empezado con la resignación de no ser rescatada. Pero para eso falta algo más que valor, hace falta convicción. Y no es fácil serlo a tan corta edad. ¡Es un riesgo, de hecho!
Así nos damos cuenta de que no se trata de una niña cualquier sino de aquella que la luna ha custodiado en amparo por décadas. Incluso antes de su nacimiento, ya la luna le alumbraba el futuro, le dibujaba el destino. A quién tenga la oportunidad, acérquesele y pregúntale si alguna vez, mientras miraba el cielo sintió soledad absoluta, si en medio de las tinieblas dejó de cantar y creer. Quizás desfalleció en varios intentos, pero no hay quien escape a la rudeza del crecer. Por eso la luna le mostró las siluetas del amor siendo una niña, para que no dejara de fluir por dentro lo que vivía en su memoria.
Fue cuando la flecha le alcanzó el pecho que ella sintió paz, que supo que habían venido por ella y se dejó mecer entre las cuerdas que le enrojecieron las muñecas. Pero no importó porque ya estaba acompañada de sus emociones, las manos no le importaron porque sentía levitar, era su tiempo de volar.
Ese momento se repitió en sus sueños por noches y no lo compartió sino con unos cuantos que atraparon el rincón de sus labios elevarse mientras caminaba solitaria por el pasillo de su mansión. Lo supo su madre, quien la crió; lo supo su amigo, quien la descubrió; lo supo su arte, que la obligó; lo supe yo, que me tocó.
En sus sueños voló sola y de manos de alguien, entre las estrellas y muy cerquita del mar; voló por encima de todo menos por encima de ella misma. Y como era tan curiosa, se preguntó qué se sentiría volar por encima de ella. En unos de sus sueños voló alto, muy alto, y una sombra que le empañaba el vuelo le mostró que nunca podría volar por encima de sí, ese lugar le corresponde a quien la cuida. Así el sueño se hizo realidad en su pecho, en su corazón; de esa forma supo que era amor, porque él la dejó volar sin miedo y con mucha paciencia le indicó que también había un espacio que solo ella conocería y sobre el cual él querría saber.
Al despertar, complementado con sentir del único, del que llega una vez para no volver sino para hacerte saber que sí existe, se dejó mecer en su mar ficticio y pasaron horas y horas hasta que en su pecho resonó un “She” que le llevó hasta él.

CAPÍTULO IX: SOBRE LA OCTAVA FLECHA
Cuantos de ustedes tengan el agrado de encontrarla en su nueva vida, reconocerán que hasta su sonrisa ha cambiado, que el portal de su destino se ha ampliado, que irradia más belleza que en sus días de niñez angelical y que la tensión y rigidez de sus facciones han desaparecido. Lo que no notarán es su interior, pero tiene que ver con su astucia para cubrir con arena lo que debe ser empedrado y hacerte creer que la caliza es más dócil que la arcilla cuando se trata de sepultar pasados amargos. Ella te hará creer que su nueva vida es el inicio de un nuevo despertar, que es la nueva forma de anidar y tú, muy probablemente lo verás de esa forma. Es que es tan evidente que contando las flechas de su agotamiento, esta pudiera pasar al olvido como su pasado cuando estás aprendiendo a conocerla. Pero una flecha que remueve la ironía de su personalidad no rebota en su talón por casualidad. Y es que aunque el blanco era su tobillo, la inquietud del arco obligó al atacante a arrojar la flecha con la mano desnuda. La flecha pasó a milímetros, pero es porque el tobillo no es tan simbólico para ella como el talón.
Así conoció ella la ironía. Cuando se disponía a entregarse al rescate de su amado, muchas cosas cobraron sentido, cosas que le mostraron con más claridad que su niñez, después de los cinco años, había llegado a su fin.

CAPÍTULO X: SOBRE LAS NOVENA Y DÉCIMA FLECHAS.
En un acto desesperado, el atacante cogió dos flechas que apuntó directo al estómago, y era un blanco sencillo después de haber atinado al pecho antes. Sin embargo, durante el desplazamiento, las puntas de acero chocaron y se abriendo en un arco que justo antes de hacer contacto con el vestido de ella, le encarcelaron el diafragma. El aire se contuvo como muchas veces le pasó después a causa de la decepción, a causa del asombro, a causa de la ilusión.
El aire se volvió parte de ella, así como se volvió el agua que por días y noches mojó lo que se encontrara fuera de las paredes de su mansión; así como también se volvió la luz que marcó la silueta de su guía sin rostro claro; así como el “She” que le dio el impulso para encontrarse con la verdad. Con estas dos flechas, dejó de resistirse y su humanidad la hizo padecer y sentir; se dejó y entregó lo que quedaba de ella a lo que el esparadrapo no la dejaba ver. Contuvo el aire que pudo cuanto pudo, y le hubiera encantado ver lo que su diafragma creó: dos impactos más y un hálito platinado le envolvió el alma en un espectro supersónico que cegó hasta al firmamento.
Y por eso la luna descendió por vez primera a besarla con los labios más cálidos que jamás hubiera sentido. Fue por eso que después de dos impactos, bajo las lluvias y truenos, despertó sin flechas en el cuerpo, sino con una luz al frente que alumbraba a un niño de piel húmeda y cabello alborotado, descalzo sin maltratar las raíces y seguro de hacia dónde iba, hacia dónde la conducía, pronunciando algo más largo que el “She” que en ella retumbaba.
¿A dónde fue a parar tan perfecta y hermosa aparición? ¿Por qué no hizo más que guiarla y confundirle el corazón? La evidencia de los actos a veces puede ser confusa.
Como ya les he dicho antes, el niño, que ahora es hombre, siempre ha estado cerca de ella.
Cuando retomó el camino en medio del bosque, le inquietó la idea de imaginar, estando tan próxima a verlo. Le amargó la idea de suponer, estando tan cerca de tenerlo. Y es que si su amor resultaba ser quien ya creía, le exigiría una última flecha, una letal, una que le durmiera los recuerdos.

CAPÍTULO XI: SOBRE LA PENÚLTIMA FLECHA
Después del cruce de las flechas en su diafragma, después de tanta resistencia, una penúltima punta le dejó herido el abdomen. Sintió dolor por primera vez en cinco años y de muchas veces a partir de entonces.
Le dolió la punzada del metal, fue la primera vez que consideró gritar aunque al final no lo hiciera. El mismo gesto de resistencia ante el dolor lo sigue empleando, se derrumba por dentro y llora en silencio, bajo el cielo de su propio techo, bajo las sábanas de su paciencia. No hay espacio suficiente para enumerar los dolores que junto a ella danzaron, pero sí habría que separar los inducidos de los provocados. Si a cada dolor le aplicase un nombre, ¡imaginen el imperio que hubiera creado! Pues sí, no se puede hablar de ella sin hablar de dolor. Una niña que se ve forzada a ser adulta no conocerá mejor consuelo que el dolor. Es tanto así lo que ha tenido que enfrentar que ha creído ser ella quien produjera dolor al mundo que la rodea.
Si pasara más tiempo observando desde su ventana las maravillas que provoca a quienes no alcanza a ver del todo, salpicarían sus lágrimas pero en regocijo. No es fácil tener tanto poder y dejar de lado el temor. Si te vuelves gigante, no habrá escondite que pueda ocultarte de los mercenarios; si eres muy chico, no hay quien te preste tanta atención. Entonces, ¿qué? ¿Hay que dejar de ser lo que eres? Sí, pero ¿cómo?
Renunciando al dolor y a todo lo que se pueda sentir. No es difícil sino imposible. Pues, así alcanzó los veintisiete, creyendo más en las imposibilidades por temor a enfrentar las difíciles.
Dentro de sus capas de dolor yace al menos un grano de esperanza adherido a la única felicidad que la mantiene en pie: amar. No importa a quién, no importa hasta cuándo, pero vale la pena amar a quien te haya rescatado de la muerte.
El ámbar de sus ojos también separa la vida de la muerte. ¡Así de cerca estuvo esa flecha de desterrarla más lejos de lo que esperaban los empleados de su mansión, los de las manos quemadas, los aturdidos de los celos, los perturbados del alma.
Acercarse a ella por un beneficio personal es un dolor seguro; por un desahogo incontrolado, es un dolor seguro; un adiós inesperado es un adiós seguro. No se puede estar muy cerca ni muy lejos o provocas un dolor seguro.
Once flechas tuvieron que herirla para hacerla sentir dolor. ¡Sí ven ahora lo fuerte que te hace el amor! A veces no lo notamos, pero así es. Y por eso ella se aferró tanto a él. Se volvió una deuda, quizás una obsesión. Pero valió la pena, porque al final lo encontró. Allí estaba, seguro y pleno, perfecto y con la hermosura que ella esperaba, que quería, que necesitaba.
Él le habló primero, con una serenidad que a ella desesperó, angustió, exasperó: “Shekinah”.
¡Entonces ella quedó confundida! Tanto esperar, tanto añorar para enfrentarlo confundida.

CAPÍTULO XII: SOBRE LA ÚLTIMA FLECHA
Como ya recuerdan, fueron doce las flechas que le cicatrizaron la piel. Esta última le arrebató una porción de vida, pero la luna se interpuso entre ella y la muerte en un acto de compasión que le devolvió las fuerzas y la convicción; la hizo creer más en las verdades de sus sueños que en las imposiciones de su realidad. Fue una última palabra la que la puso de pie, en marcha a su hogar: perdón.
De las decisiones más fuertes, la del perdón siempre ha sido la originadora de sus batallas internas. Quién le debe el perdón no es prioridad sino de qué forma causa lo que más bien ella evita. Cuando regresó de su exilio, pidió perdón, también lo hizo cuando notó que el niño de sus recuerdos desapareció y cuando se marchó sin despedirse de su pasado, y cuando escuchó las primeras palabras del niño hecho hombre.
¿Pero saben algo? Todavía existe en ella la particularidad de acercarse al perdón cuando no le corresponda cargar con el peso de la culpa, y es que el simple hecho de saberse partícipe la obliga a ceder porque no sabe perdonar sin antes sentirse perdonada.
Por eso esta flecha rebotó en un árbol fornido y le dio por la espalda, chocó su columna vertebral, así se mantuvo hasta que la flexibilidad de su entrega dejó escapar el hálito de su ser; quedó perpleja e irrompible hasta que la luna descendió y la retiró de su cuerpo. Fue la única flecha que no hubo que romper, por eso se usó para cortar en trozos el esparadrapo que ya no vuela por el mundo, aunque le faltaran ganas de aterrizar.
Él la miró y supo que estaba confundida. “Shekinah”, le volvió a decir con una mano abierta frente a ella con las puntas de las otras once flechas. El frío que recorría su pálida y traslúcida piel la hizo llorar sin llanto, solo lágrimas; pura emoción. Cuando ella alzó la mirada, descubrió que la luna no se encontraba donde debía y también que era cierto que había amado a quien le había devuelto la vida:

“Esta es tu verdad,
Lo que tú y el mundo quieren ver y escuchar,
Shekinah.
Soy lo que quieres ver en mí,
Soy el amor, sí,
Y te pertenecí.
Así como me ves,
Shekinah,
Lo vas a encontrar después del vacío.
Allá donde ha caído el espadrapo
Descansa el dueño de este rostro,
El amante de estas manos,
El calor de este abrazo.
Ve con seguridad a través del bosque,
Que nada te detendrá.
Ve y recorre el camino,
Duerme los miedos refugiados en ti.
Ve y descubre los misterios,
Es tu oportunidad. 
Ve segura,
Shekinah,
Fíate de mí,
Este es tu tiempo de volar.”

CAPÍTULO XIII: SOBRE EL FINAL
Y a sus veintisiete, se dispuso a cruzar los bosques y los mares con un zurrón de cuero en el que guardaba las puntas de sus once flechas rotas, pues aquella que permanecía erigida se aferró a sus dedos como ellos a ella. En su encuentro con la luna, vio el rostro de su amor verdadero, un hombre que disfrutaba de la pesca tras resignarse a no domar jamás el arco.
Ella iba hacia él, indetenible y segura, con una cicatriz en la espalda que representaba el equilibro de su amado amante de los árboles.

¿Quién atacó entonces a esta niña de forma tan brutal? La misma luna disparó doce marcas hacia ella sin fallar en el propósito de salvarla. Un ataque doloroso y repentino que puso a sus verdugos perderse en la carrera de la vergüenza, que los hizo esquivarla al verla regresar después de la masacre, que los hizo querer pedir perdón y que por miedo no llegaron a hacerlo. Pero ella los perdonó para así perdonarse también; luego salió a encontrarse con el amor. Ahora que encontró el amor, ¿qué le depara la vida? Un nuevo comienzo, una conquista, una unión, un canto. Y dondequiera que caiga, la luna la levantará, porque no hay forma de que pierda el rumbo, con abrir el zurrón bastará para que retumbe el destello que la convirtió en Shekinah.    


miércoles, 8 de marzo de 2017

NOCHES BAJO LA CARPA


Hay muchas maneras de recibir noticias desagradables. Ser parte de ellas es una forma inevitable. Así como le ocurrió a Matilde…
Matilde tiene siete años. Estuviera celebrando el número ocho en algún parque de la ciudad en compañía sus padres de no haberlos perdido un día antes por causa de un accidente de tránsito que le dejó los nervios más sensibles por años y, por fortuna, con vida.
La niña no tuvo más ni mejores opciones que irse a casa de sus abuelos maternos, un hogar de tradiciones con paredes de papel tapiz, porcelana y exceso de muebles en la sala y la cocina. La calidez de una brisa fresca y frecuente recorría la planta inferior de la casa; era tan común encontrar sobre los muebles hojas desprendidas de los árboles del patio de afuera que la familia prefería verlas caer que barrerlas.  La niña huérfana distribuía las actividades diarias entre su cuarto y contados pasos alrededor de la casa. Sin padres con quienes reír, la gracia no era necesariamente su prioridad.
Una de las particularidades de Matilde, y motivo principal del afecto de sus abuelos hacia ella, tenía que ver con las dificultades auditivas que presentó desde su nacimiento; aprendió a leer los labios e interpretar con precisión el lenguaje corporal de sus familiares. No era amiga de las amistades ni entusiasta por las reuniones que incluyeran a otros niños que no fueran ella.
La tarea más dura para los abuelos era siempre animar el espíritu de la niña sin que ella se percatara del dolor que a ellos también consumía.
Los primeros años en casa de los abuelos la enseñaron a apreciar la soledad de una habitación de huéspedes en la planta superior que, por obras del destino, pasó a ser la estadía permanente de su adolescencia. En el tiempo libre, Matilde acumulaba muñecas y peluches dentro de una carpa de sábanas improvisada por las noches para contarles historias almacenadas en la biblioteca de su imaginación. La sensación de libertad que Matilde sentía en compañía de sus amigos de felpa no se comparaba con nada fuera de las telas amarradas que protegían su pasatiempo. No había dolor ni emoción que la agobiara.
En una tarde de lluvia aburrida que le impedía salir al columpio oxidado del patio de la casa, Matilde irrumpió en una de las habitaciones más recónditas, un ático que resguarda la paz empolvada sobre los recuerdos de juventud de los abuelos y una pila de libros que descansaba en todos los rincones de madera de la habitación. La niña observó varias portadas, consideró los colores, el grosor y la cantidad de polvo que debía retirar; al final se hizo con al menos tres libros cortos con dibujos de animales, pinturas y figuras abstractas.
Sus amigos íntimos debían enterarse de la nueva proeza que había conseguido; agrupó a las muñecas y peluches dentro de la carpa para mostrarles las reliquias literarias que ninguno de sus abuelos había ofrecido ni insinuado desde su llegada. Por fin había encontrado algo que rompiera con la monotonía deprimente que embargaba a la familia por un luto más prolongado que la ausencia de un cometa.
Matilde comenzó a leer y leer, sin vergüenza de su dificultad para la oratoria, continuaba leyendo e imitando los movimientos de los personajes descritos en las historias. Se reía con preocupación, con gratitud, con esmero. La compañía estática de sus juguetes complementaba la tenue luz de la habitación y las anécdotas presentes en la narrativa que solo ella comprendía.
La abuela la escuchó por casualidad una noche que se acercaba con la ropa recién planchada de la niña, y que en un descuido, la puerta quedó abierta. La abuela la escuchó reír a carcajadas. Dudó por largo rato, y en vez de entrar, llamó a su esposo para que la ayudara a averiguar lo que sucedía dentro de la habitación. El abuelo entró comedido para no derribar las columnas de almohadas que protegían las murallas de sábanas; detalló cada centímetro de la habitación en un espasmo por la sorpresa que le revelaba la poca luz dentro de la carpa: la ventana abierta, filtrando los rayos de la luna, controlaba también el flujo de aire que acariciaba las fotos de sus padres y de ella enganchadas a una cuerda entretejida con cartas y trazos de colores tan vivos como sus carcajadas. En el piso todavía descansaban dos de los varios libros que había traído del ático. El abuelo no los recogió, en cambio, salió de la habitación con la nostalgia cobrando fuerza en el lagrimal de sus esperanzas. La recompensa se tradujo en un beso genuino que la abuela aceptó sin objeción; el abuelo echó hacia atrás la puerta y, pudiera decirse que por vez primera, agradeció a Dios de que su nieta fuera sorda.
El abuelo describió la escena armónica que se componía con la risa de Matilde dentro de la habitación. Habían hecho tanto por descubrir alguna pasión que sacara a Matilde de su agonía, y cuando ya habían desistido, apareció: un montón de libros empolvados en el ático le habían devuelto el sentido de la infancia a la pequeña huérfana.   
Los ánimos en casa habían cambiado, sí, pero no la tolerancia de Matilde. En sus viajes al zoológico, solo Stell, su muñeca de trapo, podía viajar con ellas. Los peluches debían permanecer en casa para evitarles una depresión al ver a los otros animales encerrados en las jaulas. Stell tenía prohibido hablar con sus compañeros sobre las jaulas. Las muñecas tenían siempre alguna tarea relacionada con la lectura de la noche anterior al paseo. Stell era su excusa más acertada al momento de fingir desinterés por interactuar con otros niños que se le acercaran. No quería ser grosera con los demás, tampoco quería que irrespetaran su intimidad.
El abuelo de Matilde, diestro con los inventos improvisados, un domingo de descanso, consideró oportuno instalar en la habitación de la niña un distintivo que le advirtiera cuando él o su esposa si dirigieran al cuarto. El viejo instaló un par de lámparas; una azul, que le indicaría cuando fuera la hora de comer; y una roja, para cuando hubiera visita. Así evitaba las incómodas penas en el rostro de quienes se acercaban para recordarle a la familia la terrible pérdida.
Matilde creció desarrollando el interés por la literatura que había descubierto desde su encuentro con el tesoro oculto en el ático. Las carpas de sábanas ya no eran necesarias ni las asambleas con las muñecas y peluches; no se deshizo de ellos, sino que los agrupó bajo la pared de fotos y trazos que con los años se extendió hasta gran parte del techo. La abuela se enteró de un instituto en el centro del pueblo que estaría dictando diversas actividades a personas con discapacidad visual, auditiva y oral. Matilde, ahora una adolescente de diecisiete años, no perdió tiempo y se inscribió en las clases de literatura infantil clásica; le hubiera encantado asistir a otros cursos, pero el horario de los cursos coincidía en muchos de los casos.
Después de varias clases, un joven al menos dos años mayor que Matilde, notó el brillo que alumbraba la salida después de cada jornada de clases. Martín, hijo de una de las maestras del instituto, asistía a las clases de Arte gracias a su destreza y, por supuesto, a la intervención de su madre, pues no presentaba dificultades auditivas ni orales ni de ningún otro tipo. La lengua de señas era una habilidad que aprendió con su madre, que, de hecho, sí había nacido sorda. Martín se destacaba impresionantemente en Pintura y Dibujos simples, dos materias que se combinaban a mitad del semestre para iniciar las lecciones de Retratos abstractos.
El joven artista se interesó tanto en la chica, que se dio la tarea de indagar tanto como pudo sobre ella. Supo, con ayuda de la secretaria y un par de chocolates, a qué clases asistía Matilde; se grabó de memoria el horario de entrada y salida, los libros asignados en Literatura, incluso que había perdido sus padres en la infancia y que ahora vivía con sus abuelos.
Un día, antes de iniciar la clase, Martín le entregó un libro a la maestra de Literatura para que se lo hiciera llegar a Matilde; la condición de esta encomienda incluía no revelar su nombre. Sabía que no era tan ávido a la lectura como la chica, pero sí había leído suficientes como para elegir entre ellos uno que pudiera despertarle el interés en al arte. La maestra asintió y entregó, a su vez, el libro a la ahora curiosa pero halagada Matilde.
Después de la entrega del libro, Martín planeó una forma más agradable e interesante de hacerle saber que él había sido el chico del regalo anónimo. La nueva estrategia consistía en mostrarle un arte que no iba a encontrar en los libros: sus propias obras. Todos los días, antes de cada clase, le dejaba un dibujo o pintura en su asiento de costumbre con una frase del libro que leían en clase. Matilde llegó a considerar que el pretendiente estaba entre sus compañeros del salón debido a la cantidad de información que manejaba sobre ella. No hacía contacto visual con nadie por vergüenza. El plan estaba funcionando. Martín la observaba sin levantar sospechas; ella llegaba al instituto con las mismas ansias por aprender que por descubrir su nuevo obsequio.
Al menos un par de semanas pasaron desde que la chica había recibido su primera pintura. Martín se convenció de que era hora de ingeniarse algo diferente. Empezó colocando dibujos en las paredes del instituto, por todos los pasillos por donde ella caminaba regularmente. Estaba seguro de que al verlos, ella los reconocería.
Matilde les contó a los abuelos sobre el chico misterioso del instituto, aquel que la pretendía y no se revelaba aún. Cada vez que llegaba a casa con un nuevo dibujo o pintura, la abuela le recontaba anécdotas de cómo su abuelo la había pretendido en sus años de juventud.     
La muralla de fotos y trazos en la habitación de Matilde ahora compartía espacio con las obras de Martín; la red de pinturas y fotografías se extendía desde los rincones del techo hasta el descanso de los peluches y muñecas.
El cumpleaños dieciocho de Matilde estaba cerca. El plan en casa empezaría con el tradicional desayuno en cama y un oso de peluche que el abuelo le daría para sumar a la colección. Además del oso, el abuelo le entregó un sobre con una foto que había conservado. Matilde se sonrojó al darse cuenta de que en la foto se erguía una carpa alumbrada en el interior y una audiencia de felpa alrededor de ella; se secó las lágrimas que delataban su emoción. El nuevo oso de peluche acompañó a Matilde a clases ese día; el sobre con la foto le recorría la cintura al peluche con un cordón rosado brillante. La clase de Literatura ya debía haber empezado. Matilde corrió pasillo adentro, pero en la prisa, una evidencia de su pasado se presentó ante la urgencia que tuvo a Martín en desvelo, la foto que su abuelo le había dado reposaba en uno de los pasillos vacíos del instituto. Tenía la opción de entregárselo o sorprenderla con algo mejor. Martín se decidió por la segunda opción. Se devolvió hasta la entrada y, con suerte, encontró a los abuelos de Matilde.
Matilde terminó su jornada de clases preocupada porque no encontraba la foto ni el regalo que su pretendiente había olvidado justo el día de su cumpleaños. Llegó a casa preocupada, apenada por la torpeza de su extravío. La abuela la notó dispersa en su interior, sabía que algo le faltaba. Matilde le contó sobre la foto y el regalo de su pretendiente que no llegó. La abuela respondió que no todo en una relación consta de momentos gratos, aunque fuera eso lo que todos desearan. –Hasta la pérdida más insignificante sigue siendo un buen gesto del destino. Matilde comprendió la ambigüedad del consuelo de su abuela.
-¿Relación?, pensó la joven con la imagen de las sílabas atrapadas en los labios de su abuela repitiéndose una y otra vez en su cabeza. ¿Por qué la abuela se había referido a su pesadumbre de esa manera? Matilde subió hasta la habitación para que la noche la consolara a través de la única ventana que le mostraba el columpio vacío que mecía ahora la calma del viento. 
Matilde abrió la puerta de su habitación y un cuadro compuesto por diminutas pinturas le revelaba una réplica de la foto que hacía perdida. En el suelo se presumían las flores más frescas que Martín tuvo tiempo de comprar y un diario vacío abierto a la mitad. Un trozo de papel suspendido en una de las esquinas del cuadro versaba el motivo de la sorpresa. Matilde se cubrió el rostro y echó un par de pasos atrás. La abuela y el abuelo se acercaban, cómplices del presente que habían considerado oportuno y apropiado para joven sorda ansiosa por conocer el rostro del pretendiente anónimo. <<Después de cubrir las hojas del diario con lo que más anhelas escuchar, retumbará ante tus ojos el enigma de mi identidad>>, leyó, suspiró, luego sonrió.
Matilde aceptó el reto y escribió sin parar por días y noches, en casa y en el instituto, en el auto mientras iba a clases.
Martín seguía observándola, esperaba recibir pronto alguna señal que le hiciera saber que estaba cerca de culminar su parte del trato. Entonces la vio llegar con un cartel en el pecho donde revelaba que las hojas en blanco estaban cubiertas por delante y por detrás.
El joven la esperó en la entrada del instituto en compañía de los abuelos. Al verlos, Matilde se acercó tímida, pero con firmeza; estiró una mano y se presentó. Martín correspondió el saludo y recibió una nota que lo citaba a una cena esa noche en casa de sus abuelos.
La chica estaba en casa arreglándose para la cena cuando observó que una de las luces que su abuelo había instalado se había encendido, la visita ya había llegado. La abuela la ayudó con el cabello y otros arreglos.
El abuelo atendía al joven en la sala mientras las damas terminaban. Abajo, el chico con jeans, zapatos casuales, saco y lazo en el cuello, le preguntaba al abuelo qué opinaba sobre las flores que traía. El abuelo asintió, siempre funcionaban con su esposa, no importaba si estuviera triste o feliz, las flores la ponían en mejor estado del que se encontraba.
Las damas bajaron y recibieron al joven, lo invitaron al comedor; los abuelos sirvieron la cena; hablaron del pasado y del presente, predijeron el futuro; el chico se preocupaba por que Matilde entendiera lo que se discutía. Ella les leía los labios, a veces con cierta dificultad.
Después de la cena, Martín preguntó si había conservado las pinturas y dibujos que había hecho para ella. Ella asintió. El joven se disculpó por haberse quedado con la foto por tanto tiempo, y sacó del bolsillo de su saco el sobre que ella tanto había lamentado. Se levantó sin saber qué era lo más prudente. Entonces volvió a sentarse. Se puso de pie nuevamente, con la foto bailando en sus manos temblorosas y lo invitó a ver la galería en la habitación superior. Los cuatro subieron y miraron las fotos que iban desde el techo hasta las pinturas que colgaban en fibras de mecate en las paredes. Era el momento perfecto para agregar a la galería la foto que su abuelo le había obsequiado días atrás. Martín le pidió a Matilde que le revelara la magia escondida en la foto; intentó explicarles el significado que la carpa tuvo para ella durante su niñez, pero se detuvo en medio de la explicación y les pidió que esperaran fuera de la habitación. La joven tomó las sábanas y armó una carpa más grande, echó las almohadas al suelo y agrupó las muñecas y peluches a un lado. Sacó de una de sus gavetas el diario con las cartas que había escrito los últimos días y noches. Matilde abrió la puerta y los invitó a pasar, los abuelos y el chico miraron con asombro la carpa recién levantada. Los guio hasta adentro de la carpa para que se sentaran, dividió el diario en tres partes que asignó a los invitados y, cual si fuera una más entre los peluches y muñecas que por mucho tiempo escucharon sus historias, les pidió leer para ella las cartas que el artista misterioso le había inspirado.
Matilde sabía que debía conformarse con la lectura de labios, pero dentro de su imaginación, el sonido de las sílabas entonadas por el lector de turno, retumbaron en su memoria como acordes de una canción que nunca llegaría a olvidar.